EL anuncio de Jesús de Nazaret: La llegada del Reino 2ª parte
El reino de Dios como llegada de la salvación
El anuncio de Jesús es evangelio, es decir, buena nueva. Su mensaje es de alegría porque la salvación está cerca. Lo que llega con el reino es la salvación para su pueblo. Para Juan Bautista la llegada del reino es la llegada del juicio amenazador y del castigo inminente:
'El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. (... ) Aquel que viene detrás de mí (... ) tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible” (Mt. 3, 10-12).
Pero en Jesús, la llegada del reino de Dios es anuncio de la dicha y la bienaventuranza para los hombres:
"¡Felices ustedes, los pobres, porque el reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo!” (Lc. 6, 20-23; cfr. Mt. 5, 1-12).
Los cristianos a veces leemos con cierto “romanticismo” las bienaventuranzas que inauguran el "sermón de la montaña". Deja de percibirse, así, todo el escándalo y alteración de los valores que en ellas se encuentran. Jesús proclama dichosos y felices a los que la sociedad de su época considera desdichados e infelices: los pobres, los hambrientos y sedientos, los que lloran, los perseguidos y calumniados, los afligidos. Los que no cuentan. Los que no suman ni restan más que para las estadísticas. De ellos es el reino de Dios. Ese el motivo de la dicha y la felicidad. Por eso el "Evangelio" es "novedad'.
El anuncio de esta paternidad y cercanía de Dios manifestado en la predilección hacia los pobres, los últimos y los pequeños es uno de los contenidos básicos del anuncio del Reino. Se privilegia a los que experimentan más necesidad de esa paternidad.
La llegada del reino se constituye en una especie de “revolución axiomática” que desconcierta a sus propios destinatarios. Jesús confirma una vez más que Dios está donde menos se lo espera, sobre todo donde menos lo espera el establishment religioso y cultual de la Palestina de su época.
Dios se manifiesta en Jesús como una constante sorpresa que obliga por lo menos a la pregunta sobre sus designios Las bienaventuranzas muestran el punto de vista de Dios. Sólo desde ahí puede verse que el reino está llegando. Dios no mira a los hombres desde el pináculo del Templo ni desde la preceptiva legal. Dios los mira desde el margen e invita a los que esperan en él a buscar en otra parte.
Así lo hace Jesús ante la pregunta de los discípulos de Juan Bautista sobre su identidad. Juan, en la cárcel, oyendo hablar de la actividad de Jesús, aparentemente desconcertado, le manda a preguntar:
¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?"
Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la buena noticia es anunciada a los pobres.Y feliz aquel para quien yo no seré ocasión de escándalo!” (Mt. 11, 2-6)
Jesús hace referencia en este pasaje a los signos que acompañan el anuncio a los pobres de la Buena Noticia. Su predilección por ellos está en la línea del Antiguo Testamento, aunque en Jesús parece radicalizarse: mientras que en las otras bienaventuranzas el don del reino de Dios se proyecta al futuro, en el caso de los pobres se habla del presente: “el reino de Dios les pertenece” (Lc. 6, 20), “a ellos les pertenece el reino le los cielos” (Mt. 5,3)
Sólo aquellos que han desesperado de este mundo son capaces de abrirse al reino de Dios -que viene como don, no como mérito- y de pertenecer a él. Sólo aquellos que se saben con las manos vacías ante Dios son capaces de percibir la inmensa gratuidad del reino que viene de la amorosa libertad divina. Dios, en Jesús, mira la historia desde el lugar de los desheredados e invita a quienes lo escuchan a convertirse, a cambiar de óptica.
Por eso Jesús se presenta como alivio de los afligidos y agobiados (cfr. Mt. 11, 28-30). Por eso se acerca a los considerados castigados por Dios para llamarlos "dichosos". La salvación ha llegado: los pobres son invitados a participar del reino que ahora se manifiesta. En el reino, que llega como acción de Dios en la fe de los que en él creen, se inicia el tiempo del perdón de la culpa y el reencuentro de lo perdido (cfr. Lc. 15). Se abre la historia al tiempo del amor que en Jesús Dios inaugura para los hombres. Se abre el espacio para un nuevo y definitivo comienzo de fraternidad. El nuevo eón esperado ha llegado.
La salvación del reino de Dios consiste en que llega a imperar en el hombre y por el hombre el amor de Dios que se autocomunica. El amor se manifiesta como el sentido del ser. Unicamente en el amor encuentran su plenitud mundo y hombre. ( ... ) El mensaje de la llegada del señorío de Dios representa, pues, una promesa para todo lo que se hace por amor en el mundo: lo que se hace por amor tendrá consistencia para siempre contra toda apariencia aún más, es lo único que existe para siempre. (Kasper)
La salvación del reino es la vida para los hombres:
Pero yo he venido para que las ovejas tengan vida y la tengan en abundancia (Jn. 10, 10)
Y la vida que Jesús ha traído para los hombres es su propia vida, en su entrega servicial:
“( ... ) Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt. 20,28).
La vida y el amor de Dios llegan en Jesús a través de sus palabras, de sus signos de salvación y de su propia persona. Vale la pena detenerse con más detalles en los caminos del anuncio del reino
1. Los caminos del anuncio del reino
El reino en parábolas
Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas. Para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: 'Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo" (Mt. 4, 34-35; cfr. Sal. 78, 2).
"No les hablaba sin parábolas". Las parábolas sólo pueden ser comprendidas desde una cultura como la semita, más narrativa que conceptual. Pero en Jesús este estilo literario adquiere otra dimensión. Es la forma privilegiada para hablar del reino de Dios que viene.
Entrecruzando hechos de la vida cotidiana con elementos sorpresivos y paradojales, las parábolas de Jesús invitan mirar la realidad desde otra perspectiva. También las parábolas participan del modo oculto de la manifestación del reino. Son un llamado al oyente. Apuntan a su decisión. Se entroncan, así, en toda la praxis de Jesús y en el corazón de su mensaje. El reino llega. Las palabras no alcanzan.
Desde este lenguaje poético, nutrido de la contemplación de lo cotidiano, Jesús nunca dice qué es el reino de Dios, sino tan sólo a qué se parece. El "tesoro escondido en el campo" (cfr Mt. 13, 44) no es una definición del reino de Dios, es tan sólo una metáfora. Por eso se hace necesario la multiplicación de las parábolas y las imágenes para aproximarse al objeto del mensaje, el reino, desde los más distintos ángulos.
Jesús, por las parábolas, revela el misterio del reino de Dios, invita a una decisión, insiste en el encuentro que Dios ofrece en la historia, exige la conversión y la fe. Anuncia que ha llegado la hora (Mc. 14, 41; Jn. 12, 23), que la oveja perdida ha sido encontrada (cfr. Lc. 15, 3-7), que todos están invitados banquete (cfr. Mt. 22,1-14) y que la puerta del Padre está siempre abierta (cfr. Lc. 15, 11-32).
Jesús: taumaturgo y exorcista
Si bien muchos milagros fueron redactados por los evangelistas a la luz de la experiencia de la resurrección, la tradición presente en los Evangelios sobre los milagros de Jesús se nutren de la práctica histórica del Nazareno.
La cuestión radica en comprender el significado de su acción taumatúrgica en el contexto de su anuncio del reino de Dios que llega. Sólo así el milagro pasa de ser un prodigio a ser un signo del reino.
Muchas veces los milagros fueron leídos desde perspectivas ajenas tanto a la Biblia como al anuncio de Jesús. Por ejemplo, desde una cristología ontológica, para probar la divinidad de Jesús. Cuando se define al milagro como aquel hecho que supera, quebranta o elude las leyes naturales, se olvida, en primer lugar, que para el judío el mundo no es naturaleza, sino creación. Por otro lado, un milagro podría ser tal en la medida en que se conozcan acabadamente y en su totalidad las leyes naturales. Por último, un milagro de esta naturaleza estaría, prácticamente, forzando a la fe.
Esta perspectiva es extraña a los Evangelios. Los conceptos más utilizados en ellos para referirse al milagro son dinámeis (portento) y semeia (signo, señal); térata (prodigio, hecho extraordinario), nunca es utilizado solo sino acompañado por semeia. El milagro, más bien, aparece como algo extraordinario e inesperado que causa la sorpresa y el asombro en los hombres. Dirige la mirada del hombre hacia Dios, no hacia las leyes de la naturaleza. Suscita la pregunta: ¿quién es éste? (cfr. Mc. 4,41).
Los milagros de Jesús son ambiguos. Sólo la predicación les otorga su sentido. Palabra y milagro van indisolublemente unidos. Y sólo en la fe son percibidos como acción de Dios. Jesús no andaba, por ahí, repartiendo milagros para convencer a sus oyentes, como si la acción de Dios en él fuera imponerse indiscutiblemente, como si los milagros fueran una especie de "soborno' para la fe. La ambigüedad del milagro tiene que ver con la discreción de Dios. El milagro no deja de ser una invitación al creyente, no un empujón para que crea.
Según Mt. 11,2-6 los milagros aparecen como los signos, que acompañan la buena nueva a los pobres y la llegada de, reino. Signos de que esta salvación que llega toca todas las dimensiones de la existencia, y no queda encajonada en 1o meramente "interior' y "espiritual".
La predicación del reino, entonces, es acompañada por estos signos de su cercanía. Cuando Jesús envía a sus discípulos les dice:
"Por el camino, proclamen que el reino de los cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios' (Mt. 10, 7-8).
En los relatos de milagros se destacan, junto a las curaciones, las expulsiones de demonios o exorcismos. La llegada del reino en Jesús es el punto final para los poderes del mal presentes en el mundo. Por eso Jesús exclamará:
"¡Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo!' (Mt. 10, 18).
En los milagros de Jesús encontramos nuevamente la predilección de Dios por los pobres y afligidos, los sencillos y sufridos, los enfermos y despreciados a causa de su condición
Los milagros nos vuelven a hablar del carácter escatológico del mensaje de Jesús. Nos dicen que la nueva creación ha comenzado. En ella se manifiesta la misericordia de Dios que no abandona a los abandonados, porque Jesús, que "pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído bajo el poder del demonio, porque Dios estaba con él' (Hech. 10, 38), vino a "anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor' (Lc. 4, 18-19)
Por eso los milagros suponen la fe y mueven a la fe. Pero no la imponen. Es la fe la que salva en la medida en que es apertura a este reino que viene en la acción y la palabra de Jesús: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado" (Mt. 9, 22).
Jesús no hace con los milagros el montaje de un show, como querría Herodes (cfr. Lc. 23, 8-9), ni responde con ellos a los pedidos de señales prodigiosas que le exigen algunos contemporáneos para creer en él. A ellos les dice que no les dará otra señal que la de Jonás: la predicación (cfr. Lc. 11, 29-30).
Quien piense que el motivo de Jesús para realizar milagros de curación lo constituía el deseo de demostrar algo, de demostrar que él era el Mesías o el Hijo de Dios, no ha entendido a Jesús en absoluto. Su único motivo para curar a la gente era la compasión. Su único deseo era el de liberar a la gente de su sufrimiento y de su resignación fatalista a dicho sufrimiento. Jesús estaba profundamente convencido de que esto podía hacerse, y el éxito milagroso de sus esfuerzos hay que atribuirlo al poder de su propia fe. Tampoco es que pensara que él poseía el monopolio de la compasión, la fe o las curaciones milagrosas. Lo que deseaba por encima de todo era despertar esa misma compasión y esa misma fe en las personas que le rodeaban. Sólo esto haría posible que el poder de Dios resultara operativo y eficaz en medio de ellos.
Consiguientemente, aunque Jesús no pretendía probar nada, su éxito milagroso mostraba verdaderamente que era Dios quien actuaba, liberando a su pueblo gracias a la fe que Jesús había engendrado en ellos.
Quizás el pasaje que mejor muestre la dinámica -y la ambigüedad- del milagro sea la curación del ciego de nacimiento de Jn. 9. El ciego que ha sido curado va como en una constante progresión en la confesión de Jesús:
'Ese hombre que se llama Jesús... " (v. 11) Es un profeta' (v. 17). "Viene de Dios" (cfr. v. 33). 'Creo, Señor (que eres el hijo del Hombre)" (v. 36-37).
En un movimiento inverso, los fariseos van creciendo en su rechazo de Jesús:
,,Ese hombre no viene de Dios ...' (V- 16)- "... ese hombre es un pecador" (v. 24).
“... no sabemos de dónde es éste" (v. 29).
Ante el mismo signo las respuestas son distintas. También los milagros, signos del reino de Dios que ha llegado, son, en Jesús, signo de contradicción.
El comportamiento de Jesús
La palabra y la acción de Jesús se expresan en lo que podríamos llamar su “comportamiento”. De la lectura de los Evangelios salta a la vista que Jesús rompe con muchos moldes preestablecidos. Pero Jesús no es un snob o un liberal. Su forma de ser y hacer brota de la profunda autenticidad de su misión.
Escandaliza a los discípulos de Juan Bautista porque él y sus discípulos no ayunan (cfr. Mt. 9,14-15). Jesús escandaliza a los maestros de la ley: come con publicanos y pecadores (cfr. Mt. 9, 10-3). Por eso recibe el mote de "comilón y borracho", “amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11, 19). Escandaliza a sus parientes, quienes lo tienen por loco (cfr. Mc. 3, 21). Escandaliza a sus discípulos porque habla con una mujer, y encima samaritana (cfr. Jn. 4, 27).
Tiene el atrevimiento de contar con mujeres entre sus seguidores y amigos (cfr. Lc. 8,2-3). Y se anima a afirmar que "los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al reino de Dios" (Mt. 21, 31).
Hay en todo su comportamiento una muestra de su autoridad y de su libertad absoluta ante los criterios que dominan la vida de sus contemporáneos. El reino es para todos y especialmente para aquellos que no cuentan y están aparentemente al margen del designio de Dios. Esto es apenas la superficie de algo mucho más determinante para su destino como es la actitud que asume ante las grandes instituciones del judaísmo de su época.
2. Jesús ante la justicia, la ley y la Tradición
Jesús ante la justicia
Jesús y el reino no parecen estar a tono con el juego social vigente. Las parábolas del hijo pródigo (Lc. 15, 11-32) y la de los obreros de la hora undécima (Mt. 20, 1-17) parecen demostrarlo. Es que el reino no aparece como producto de la justicia llevada a la perfección. Su advenimiento es de otro orden.
Las parábolas mencionadas apuntan al
... esclarecimiento de los efectos perversos de Injusticia y de la virtud. Jesús no dice nada sobre los efectos destructores de lo que todos admiten como pecado. Su originalidad consiste en subrayar los efectos destructores de la justicia, es decir, del comportamiento que pretende establecerla a toda costa. (... ) Las parábolas recogen en el plano del relato imaginativo la experiencia de la exclusión social: el apego del hermano mayor a la justicia, socialmente traspuesto, no deja esperanza alguna a los que no cumplen o no han podido cumplir las reglas del juego social. La llegada del reino no podía asumir esta lógica; ella es precisamente esperanza para los que no tienen esperanza. La palabra profética hiere a la sociedad, la desestabiliza (...), acusa a la “virtud” o a la perfección, manifestando su carácter sutilmente homicida.
La 'lógica" de Jesús y de su reino que viene no encajan la justicia de los escribas y fariseos. Por eso dirá:
"Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos' (Mt. 5, 20).
¡Al vino nuevo odres nuevos!' (Lc. 5,38).
Jesús ante la ley
Jesús supera el dilema de la ley "transgresión/sumisión” En la casuística rabínica, la ley se adaptaba haciendo intervenir un tercer factor: la "situación". Jesús rechaza tanto el dilema planteado por la ley como su adaptación. Así en el caso del divorcio (Mt. 19, 1-10) la adaptación de la ley terminó siendo la traición al dato fundamental, la igualdad original entre el varón y la mujer, y por lo tanto el olvido de la dignidad del otro.
En Jesús, "el mediador que actualiza la ley deja de ser ‘situación' y pasa a ser la figura del otro":
La ley, en el desplazamiento que Jesús lleva a cabo, reviste una función distinta de la que ordinariamente se le hace ejercer: "expone” a otro, mientras que en la "casuística” protege de la indiscreción de otro. (... ) La finalidad de la ley según Jesús, es revelar la exposición de todo ser humano a otro. (... ) [El] carácter relativo o absoluto de la ley se define en función de la figura del otro, cuyo paradigma es el marginado, el oprimido o el desesperanzado, (... ) La ley es legítima y obliga en la medida en que expresa esta apertura [al otro]. Si la encubre, pierde su legitímidad".
En los distintos pasajes donde se nos habla de transgresiones a la ley cometidas por Jesús y sus discípulos, late esta cuestión. Desde aquí es posible comprender la fuerte crítica que Jesús realiza a los maestros de la ley, escribas y fariseos. Ellos han olvidado que "el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado" (Mc. 2, 27). Toda regla tiene su fin en el hombre, es un don de Dios para el hombre, no tiene valor en sí y por sí misma. Por eso embiste contra la hipocresía de aquellos que se "devoran los bienes de las viudas' (cfr. Mc. 12, 40):
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el reino de los cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino,y descuidan lo esencial de la Ley. lajusticia, la misericordia y fidelidad!' (Mt. 23, 13.23).
IAy de ustedes, también, porque imponen a los demás cargas insoportables pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!" (Lc. 11, 46).
En lo que se refiere a la pureza ritual Jesús da un giro más radical que el realizado con el sábado, porque subraya que lo esencia de la actitud del hombre es su intención, no el hecho externo (cf. Mt 7,15)
La praxis de Jesús está en la línea de los profetas quienes anunciaban la llegada de una nueva alianza que iba a tener dos características principales:
- el hombre, finalmente estará en disposición de cumplir la Ley
- la Ley ya no será algo externo al hombre sino que será colocada dentro de él y lo guiará interiormente a una relación más verdadera con Dios y con los hermanos.
La actitud de Jesús es una profundización de la Ley. De hecho él se presenta como observante de la ley pero al mismo tiempo muestra una libertad soberana frente a las prescripciones (Mt 5, 17-20). La novedad esta en la reinterpretación que hace de la Ley que no será comprendida por la mayoría del ambiente fariseo.
Jesús ante la tradición
En la época de Jesús, la tradición era el lugar de “verificación que legitimaba o invalidaba decisiones inéditas, tomadas bajo la presión de lo inesperado de la situación. Es decir, la tradición era el prisma desde el cual se juzgaba críticamente una situación dada. Jesús la criticará en la medida en que pierde su función crítica para convertirse en un imperativo que impide el análisis de cada situación, ya que "la memoria de las prácticas del pasado desvía de la exigencia presente. ( ... ) Jesús no rechaza la experiencia del pasado como cosa inútil, pero rechaza que sea la medida de toda experiencia posible".
No se trata meramente de que Jesús sea el inaugurador de una nueva tradición en reemplazo de la de Moisés ("Ustedes han oído que se dijo (... ) Pero yo les digo..." Mt. 5,21-22). Lo que Jesús trastoca es la relación que se establece con la tradición:
Consideremos el caso en que Jesús pregunta si está permitido o no curar en sábado (Mc. 3,4). Se trata de la salud de una mujer de Israel. (... ) Jesús no apela a su autoridad para tomar públicamente una decisión, sino que remite a un, ejemplo cotidiano cuya evidencia no es contestada por nadie. (... ) El ejemplo elegido por Jesús ilumina la autori dad de su acción: su lógica es accesible a todos, sin el rodeo erudito por una tradición. ( .. ) Lo que Jesús rechaza de la tradición ... es que ella fundamente la autoridad de un grupo de intérpretes y que anule el proceso objetivo y democrático de la decisión.
Como en el caso de la ley, el fundamento de su acción es la situación del "otro' que interpela a la ley y a la tradición y muestra el lugar original de la autoridad de Jesús :
La autoridad de Jesús no es exterior a la acción que realiza, es inmanente a ella. Sólo porque él libera a esta mujer de la enfermedad, su autoridad es superior a una tradición que le niega la esperanza de la curación. El fundamento de la libertad de Jesús ante la tradición se define por su preocupación primordial: su responsabilidad para con el prójimo. (...) La tradición o las tradiciones señalaban los lpimites de la “exposición” y de la responsabilidad; Jesús los quita: lo único determinante es la figura del otro.
La actitud de Jesús con respecto a la justicia, la ley y la tradición, tiene importantes consecuencias teo-lógicas. Jesús libera a Dios de ser el garante de la justicia, el guardián de la aplicación de la ley, el juez de su cumplimiento y el garante de la autoridad de la tradición. Justicia, ley y tradición no son hipóstasis de Dios, sino mediaciones necesarias para las relaciones interhumanas. Si se las diviniza se convierten en opresoras.
Por otra parte, este posicionamiento de Jesús ante las "instituciones" de la sociedad de su tiempo va revelando el carácter de su misión y el misterio de su identidad, así como va constituyendo el trasfondo del desenlace trágico de su vida. Quien socava de esta manera los cimientos del comportamiento social debe contar con la posibilidad de un final violento.
El eje del distanciamiento: el amor al prójimo
El amor al prójimo no era un tema desconocido para la fe y la forma de vida judías. Toda la Torá está atravesada por la preocupación por el otro y, especialmente, por el desamparado, expresado en la trilogía clásica de "la viuda, el huérfano y el forastero” a quien el mismo Dios garantiza la justicia (cfr. Deut. 24, 17 ss.). Incluso, esta sensibilidad que apuntaba amor a los hermanos había ido creciendo en el judaísmo tardío.
Sin embargo en Jesús de Nazaret el amor y la preocupación por el otro -incluso por el enemigo (cfr. Lc. 6, 35) pero sobre todo por los pobres y necesitados- llega a convertirse en la norma suprema desde la cual debe ser juzgada toda existencia del creyente. Si Dios manifiesta su reino en la gratuidad de su amor, quien lo recibe debe imitarlo (cfr. Mt 5,48).
Esta norma suprema Jesús la pone en acto en su propia persona. Si antes se decía “amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mc. 12, 31), ahora es Jesús, y no uno mismo, quien pasa a ser la medida del amor:
Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15,12-13)
El otro, como referencia fundamental de la justicia, la 1ey y la tradición, aparece con claridad en la parábola del juicio
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; estaba de paso y me alojaron; desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron; preso y me vinieron a ver'. Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos, desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?'. Y el Rey les responderá: 'Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo' (Mt. 25, 31-40).
Con ese otro, con el alejado, es con quien se identifica el mismo Jesús. así lleva la norma del amor al prójimo a su máxima posibilidad, diciéndonos, también aquí, quien es el Dios que viene en su reino y dónde se encuentra.




Comentarios sobre EL anuncio de Jesús de Nazaret: La llegada del Reino 2ª parte
su imformacion es buena pero fuera mejor que tengan imagenes y tambien imformacion de la 1era y la 2da parte.
gracias
Buenos comentarios y análsis. Sin embargo, me da la impresión de que no se concluye ninguna enseñanza. Algunos de los temas que se comienzan a exponer no se terminan, pues remiten a partes que no se encuentran en la página para poder completar la información. Concretamente, no encuentro la sección que sigue a Mc 8,30. Pero son muy explícitos y atinados los comentarios. Gracias.