Cristología Directa
La Resurrección de Jesús: La Cristología directa
La Resurrección supuso un profundo cambio que acabó con todas las ambigüedades de que estaban rodeadas las actitudes y las palabras de Jesús, haciendo ridícula la cristología negativa. Se desencadena entonces el proceso cristológico directo que ha llegado hasta nuestros días. La Resurrección hizo aún más radicales la pregunta y la admiración de los discípulos: ¿Quién es Jesús? ¿Cómo calificar el misterio de su persona? ¿Cómo entender su misión salvífica?
La Iglesia primitiva adoptó una serie de títulos e imágenes de su mundo cultural; en primer lugar, la comunidad judeo-cristiana de Palestina concibe al Jesús resucitado dentro de las categorías escatológicas y apocalípticas propias del judaísmo de la época. Más tarde, la comunidad judeo-cristiana de la diáspora, sometida ya a la influencia de la cultura griega, amplía el horizonte de comprensión y denomina a Jesús con otros epítetos. Por fin, cuando se forman las comunidades griegas, se descifra el misterio de Jesús dentro de las categorías culturales propias del mundo griego.
El proceso cristológico intentará siempre, hoy como ayer, situar a Jesús dentro de la totalidad de la vida humana tal como es vivida y concebida por los hombres dentro de la historia. En cada horizonte de comprensión, ya sea judío o griego, ya se trate del de nuestro mundo de la segunda mitad del siglo XX, la fe hará que «Cristo sea todo en todas las cosas» (Col 3, 1 l).
a) Para la comunidad cristiana de Palestina , Jesús es el Cristo, el Hijo del Hombre, etc.
La resurrección de Jesús fue primeramente considerada por la comunidad primitiva como elevación y glorificación del justo junto a Dios (Hech 2, 24, 33; 5, 30-3 1; cf 3, 13-15). Por eso los primeros títulos que se atribuyen al Resucitado son los de 'Santo' y 'Justo' (Hech 3, 14) y el de 'Siervo de Dios' (Hech 4, 27).
El cargó sobre sí con nuestras iniquidades y murió, siendo inocente, a manos de hombres inicuos (Hech 2, 23; 3, 14-15).
El fue realmente el siervo doliente del que hablaba Isaías (52, 13-53, 12),
el justo que conduce a la vida (Hech 3,14-15).
Exaltado (Hech 2, 3 3; 5, 3 1)
y glorificado (Hech 3, 13),
es ahora el Hijo del Hombre retenido en el cielo y dispuesto a venir para ser el juez escatológico (Hech 3, 20-21).
A él le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18).
El es el Mesías esperado por los antepasados y por toda la humanidad que, para traer la salvación y la liberación, pasó primero por el sufrimiento y por la muerte (Lc 24, 26).
Pero, en virtud de la Resurrección, fue entronizado como Mesías-Cristo (Hech 2, 36),
tal como ya había sido predicho por las antiguas profecías (Sal 2, 7; 1 10, l)
Ese concepto de Mesías-Cristo contradice frontalmente la esperanzas populares de un libertador político glorioso. Si es el Mesías, entonces también ha de ser hijo de David y el profeta escatológico anunciado en el Deuteronomio (18, 15, 18s.; Hech 3, 22-23). En su condición de Cristo, es también Señor de todas las cosas (Hech 2, 36); y con él también ha comenzado ya la restauración de todo (Hech 3, 21).
La comunidad primitiva aguardaba su definitiva manifestación clamando en arameo: Maran atha, «Ven, Señor» (1 Cor 16, 22). En la comunidad de Palestina, al Resucitado se le llama también Hijo de Dios.
Para el Antiguo Testamento, hijo de Dios es
ante todo Israel (Ex 4, 22);
después, el rey (Sal 2, 2)
y, más tarde, también el justo podía ser considerado Hijo de Dios.
Sin embargo, según la concepción primitiva, 'hijo de Dios' poseía un carácter jurídico y no físico, como es el caso en la posterior evolución que se produce con Pablo y Lucas. Jesús, Hijo de David, hace realidad la profecía de 2 Sam 7, 14: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo»; como dice Lucas, «el Señor Dios le dará el trono a David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32b-33). Antes de la Resurrección, Jesús era descendiente de David; ahora se le presenta como el rey universal, jurídicamente llamado Hijo de Dios (cf Rom 1, 3-4). Como puede colegirse, todos esos títulos son propios de la cultura judaica. Y dentro de ella se interpreta y se califica a Jesucristo con todos los epítetos de honra y gloria existentes.
b) Para los judeo-cristianos de la diáspora Jesús es el nuevo Adán y el Señor
Los judeo-cristianos de la diáspora estaban sometidos a la influencia de la cultura griega. Tratan de descifrar la riqueza del misterio de Jesús a base de conceptos tomados de la tradición judaica, si bien enriquecidos con nuevas imágenes procedentes de su medio ambiente. De este modo se atribuye a Jesús el título de 'Señor' . Tanto originariamente como hoy día, 'Señor' es un titulo de gentileza con el que se denomina a Jesús en los evangelios por parte de los paganos (Mt 8, 8; Mc7, 28), pero también por parte de los judíos (Mt 8, 21; 18, 21). Después de la Resurrección, la comunidad de Palestina comenzó a llamar al Resucitado 'Señor', en el sentido escatológico del término, es decir, en el sentido de que El será quien venga a traer la consumación del mundo. En el mundo helénico, los judeo- cristianos invocan a Jesús como Señor para aclamarle y celebrar su presencia de Resucitado en las comunidades. Los cristianos llegan a definirse corno «los que invocan el nombre del Señor» (1 Cor1,2; Rom 10,13). Este uso procede de la traducción griega del Antiguo Testamento (Septuaginta: Joel 3, 5; Hech 2, 2 l).
Los cristianos, a diferencia de los judíos, no se reúnen solamente en nombre del Dios-Yahvé, sino en nombre del Señor Jesús.
Señor, en el mundo helénico, significaba 'el Rey’. Cristo es Señor, sí; pero no al modo político. Cristo desempeña funciones divinas: rige sobre todo el cosmos y sobre todos los hombres.
Señor no significa aún igualdad con Dios, sino tan sólo que Dios le dio el poder hasta la parusía para realizar su obra liberadora de todas las fuerzas enemigas de Dios y del hombre. De esta forma se presenta, pues, como el mediador único. Y por eso la comunidad lo aclama.
Con la Resurrección se ha manifestado el hombre nuevo. Quien está en Cristo ya es nueva creación (2 Cor 5, 17). Por eso Cristo es también considerado por la comunidad como la nueva humanidad y el nuevo Adán (Rom 5, 12-21; 1 Cor 15, 21-22). El es el sumo sacerdote inmaculado, mediador de la nueva y eterna alianza (Hebr 2, 14- 1 8; 4, 14).
c) Para los cristianos helenistas, Jesús es el Salvador, Cabeza del cosmos, Hijo Unigénito de Dios, y Dios en persona
Los cristianos helenistas, que vivían dentro de la atmósfera de un mundo cultural distinto, interpretaron con categorías propias el sentido de la soberanía de Jesús. Para ellos, que no eran judíos, los títulos de Mesías, Hijo del Hombre, etc., apenas significaban nada. Sin embargo, manifestaban una especial sensibilidad por el título de 'Salvador'. El emperador era considerado como salvador; en los ritos mistéricos se invocaba a la divinidad como salvadora de la muerte y de la materia. Para el Nuevo Testamento, Jesús es venerado como Salvador, especialmente en su epifanía, a semejanza de la epifanía del emperador en una ciudad (Lc 2, 1 1; 2 Tim 1, 10; Ti 2, 13); epifanía, la de Jesús, que nos libra de la muerte y del pecado (2 Tim 1, 10).
Juan llama a Jesús «salvador del mundo» (4,42; 1 Jn 4, 14), no sólo en el sentido de liberador de los hombres y del mundo, sino también para insinuar que, a diferencia de los emperadores, sólo El es el Salvador. Los helenistas también conocían a muchos hijos de dioses (theios anér), engendrados por una virgen como emperadores (Alejandro Magno), taumaturgos (Apolonio de Tiana) o filósofos (Platón). El hijo de dios pertenece a la esfera divina. Los helenistas comenzaron a entender el título bíblico atribuido Cristo -Hijo de Dios- en un sentido que ya no era jurídico, sino físico. Cristo es, de hecho, el Hijo Unigénito de Dios enviado al mundo (Rom 8,3).
Y entonces, si es Hijo de Dios, el siguiente paso consistirá en reflexionar acerca de su preexistencia junto a Dios. El célebre himno de la carta a los Filipenses describe la trayectoria del Hijo de Dios: primero subsiste en su condición divina; pero después toma la condición de siervo para, finalmente, ser exaltado como Señor absoluto y cósmico (2, 6-1 l). El es el primogénito, engendrado antes que todas las cosas (Col 1, 15); en El, por El y para El, todas las cosas poseen su existencia y su consistencia (Col 1, 16-17). El es la Cabeza del cosmos (Ef 1,10; Col 2 10) y mediante El todo llega a su término (1 Cor 8, 6).
Pero no sólo la obra de la redención depende de Cristo. Al ser preexistente, tiene también una acción que realizar en el acto creador de Dios, como prototipo supremo en el cual y para el cual todo tiene su origen y sentido. Así, Cristo es, de alguna forma, «todo en todas las cosas», el Cristo cósmico (Col 3, 11).
San Juan da otro paso adelante cuando denomina a Cristo como ‘Logos'. El Logos era Dios (Jn 1, lb) y se hizo carne y puso su tienda entre nosotros (1, 14). Por más que se discuta acerca del origen de este título de 'Logos' (Verbo, o Palabra)", lo cierto es que, para Juan, el mismo Jesús terreno en persona es la Palabra. Para Juan, la Palabra no puede ser separada de la Persona y transmitida independientemente, como mero contenido de conocimiento. La Palabra es la Persona, de tal forma que sólo posee la salvación quien se adhiere a la Persona, es decir, quien cree en ella.
Pero ¿qué significa creer en Jesús-Palabra? Para San Juan, significa aceptar a Jesús como revelador del Padre y una sola cosa con El (Jn 10, 30). Si la Palabra se encarnó, entonces también transfiguró la realidad toda. De ahí que Cristo pueda afirmar: yo soy la luz, el pan verdadero, el agua viva, el camino, la verdad, la vida. Al decir que Cristo es la Palabra y la Palabra era Dios (Jn 1, lb), se alcanza el más alto punto del proceso cristológico. La soberanía y la autoridad de Jesús, confirmadas por la Resurrección, reciben aquí su más exhaustiva interpretación. El es Dios, título que aparece con toda claridad al menos tres veces en el Nuevo Testamento (Hebr 1, 8; Jn 1, 1b; 20,28; y muy probablemente: Jn 1, I8; Ti 2,13; 1Jn 5,20; Rom 9, 5 y 2 Pe 1, 1). Esto acaeció hacia el año 90, fuera de Palestina, y constituyó ciertamente la gran contribución de los cristianos helenistas al proceso cristológico.
Se había alcanzado la radicalidad del misterio de Jesús: Es el Dios encarnado, a un mismo tiempo Dios y hombre.
Con este último título, Dios, se descubrió la máxima profundidad escondida en la autoridad, en el buen sentido y en la fantasía creadora de Jesús. Unicamente utilizando nombres divinos y atribuyéndole la divinidad misma, puede darse una respuesta adecuada a la pregunta: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo? (Mt 16, 15).
Pero, para llegar a semejante formulación, hubo que pasar por un largo proceso de interpretación. Todo lo que había de importante y de esencial para la vida y para la historia le fue atribuido a Cristo, incluso la realidad más sublime y esencial que puede haber: Dios.
No hemos visto más que unos cuantos de los nombres dados a Jesús. Pero hay otros que son también significativos y nos muestran cómo fue Cristo insertado concretamente dentro de la vida. Se le llama 'cimiento' (1 Cor 3, 1 l), piedra angular que todo lo sustenta (Ef 2, 20-2 l), puerta (Jn 10, 7), cabeza de todas las cosas (Ef 4, 15; 1, 10), principio y fin de todo (Apoc 22, 13), el 'sí' y el 'amén' de Dios a los hombres (2 Cor 1, 19- 20; Apoc 3, 14), la luz (Jn 1, 4), el camino (Jn 14, 6), el pan verdadero (Jn 6, 35), el agua (cf Jn 4, 10), el buen pastor (Jn 10, 1 l), la vid verdadera (Jn 15, l), la paz (Ef 2, 14), la sabiduría de Dios (1 Cor, 1, 30), el poder de Dios (1 Cor 1, 24), la gloria de Dios (Jn 1, 14), la imagen visible del Dios invisible (2 Cor 4, 4 y Col 1, 15), el cordero inmaculado (Apoc 5, 12; 1 Pe 1, 19) que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29), la roca de donde brotó el agua para que bebieran los judíos (1 Cor 10, 4), el agua que calma la sed en el desierto (Jn 7, 37-39; 4, 13-14), el verdadero maná (Jn 6, 32-34), el templo nuevo (Jn 2, 21), el Dios-con-nosotros (Mt 1, 23) y otros muchos nombres que nos revelan cuán esencial es Cristo para la vida humana.
4. Conclusión: No hasta con dar títulos a Jesús y llamarle: «¡Señor, Señor!»
Todos los títulos que hemos referido pretenden siempre lo mismo: descifrar la figura de Jesús que los Apóstoles habían conocido: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nmuestros ojos, lo que contemplaron y tocaron nuestras manos” (1Jn 1,1). Para ello, cada grupo –palestinense, judeo-cristiano de la diáspora, cristiano-helenista- utilizó los títulos más nobles y todo lo mejor que poseían en sus respectivas culturas. Cada cual colaboró a su manera en la tarea de descifrar al Jesús histórico que habían conocido, muerto y resucitado, en Palestina. Conviene hacer notar que los títulos y nombres, incluso los de más carácter divino, no pretenden desvanecer la figura del hombre-Jesús , sino que, más bien, desean ponerla de relieve. No pretenden fundamentar la soberanía y la autoridad de Jesús, sino expresarías y realizarlas. Al final, después de un largo proceso de meditación sobre el misterio que se escondía de Jesús, sino expresarlas y realzarlas. Al final, después de un Nazaret en su vida, su muerte y su resurrección, sólo podía serlo el mismo Dios. Y entonces fue cuando le llamaron 'Dios'.
De este modo se rompen todos los conceptos humanos. Se define un misterio por medio de otro misterio. Pero hay en ello una ventaja: el misterio del hombre podemos vislumbrarlo de alguna manera, porque todo el que vive con autenticidad su propia humanidad se enfrenta con dicho misterio a cada paso. El misterio humano evoca el misterio de Dios. ¿Qué significa el que un Hombre sea Dios? ¿Cómo puede ser Jesús de Nazaret el Verbo encarnado? Se esconde aquí un misterio que la fe profesa y la teología se ve obligada a meditar en alta voz.
El nombre de Jesucristo ya nos insinúa una respuesta: Existe una unidad: Jesús es al mismo tiempo Cristo. Hombre y Dios son realidades distintas, pero en Jesucristo llegaron a formar una unidad sin confusión y sin mutación. En un ulterior capítulo trataremos de articular nuestra fe sobre este dato cristológico. Pero en cualquier reflexión teológica es preciso no olvidar que dicha reflexión no viene en primer lugar, ni debe sustituir a la fe. Más importante que la reflexión es la vida. San Juan, polemizando con los teólogos gnósticos –que olvidaban este supuesto fundamental, subrayó con toda claridad que cualquier cristología ha de ir unida a la ética: «Quien dice que permanece en El debe vivir como vivió El» (1 Jn 2, 6). «No todo aquél que hace cristología y dice.' ¡Señor, Señor'!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21-23). Cristo sigue llamando e invitando al seguimiento, a fin de que podamos alcanzar la meta que El hizo totalmente realidad y nos propuso como tarea a cumplir constantemente.



