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El Precursor

por Romen
miércoles, 20 de agosto del 2008 a las 13:00
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La profecía de Juan Bautista[1]

El mensaje profético de Juan era bien sencillo. Dios estaba airado con su pueblo y planeaba castigarle. Estaba a punto de intervenir en la historia para condenar y destruir a Israel. Juan describía esta destrucción como una gran hoguera ante la que huyen las víboras (Mt 3, 8, par.), en la que los árboles son cortados y quemados (Mt 3, 10, 12, par.), y en la que la gente será arrojada como en un bautismo de fuego (Mt 3, 11, par.). También hacía uso de las metáforas del hacha y del bieldo. Este es el tipo de metáforas que emplean los profetas y que no tienen nada que ver con las descabelladas imágenes de los escritores apocalípticos. No hay razón para creer que Juan se refiriera al infierno de la otra vida o a una conmoción cósmica. La hoguera es una imagen del infierno en la tierra.

El ardiente juicio de Dios sobre Israel será ejecutado, según Juan, por medio de un ser humano. Juan hablaba de él como «el que viene» (Mt 3, 11, par.; Mt 11, 4, par.). incluso se encuentra ya dispuesto, con el hacha o el bieldo en la mano. «El os bautizará con ... fuego» (Mt 3, 11, par.).

Una profecía no es una predicción, sino una advertencia o una promesa. El profeta advierte a Israel acerca del juicio de Dios y promete la salvación del mismo Dios ... Tanto la advertencia como la promesa son condicionales. Dependen de la libre respuesta del pueblo de Israel. Si Israel no cambia, las consecuencias serán desastrosas; pero, si cambia, habrá abundancia de bendiciones. La finalidad práctica de una profecía consiste en persuadir al pueblo para que cambie o se arrepienta. Todo profeta llamaba a una conversión.

A diferencia de sus contemporáneos no-profetas, Juan dirige su advertencia y su llamada a todo Israel. No han de pensar que es a los gentiles a quienes está destinada la destrucción, mientras que los hijos de Abrahán se verán libres de ella a causa de su linaje y de su raza. «No os hagáis ilusiones pensando que Abrahán  es vuestro padre, porque os digo que de estas piedras es  capaz Dios de sacar hijos de Abrahán» (Mt 3,9)  Dios puede destruir a Israel y crear un nuevo pueblo para sí (unos nuevos hijos de Abrahán), y lo hará si Israel no se arrepiente.

Juan llamaba a los pecadores, a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos y  a los soldados, igual que a los escribas y a los Fariseos (Lc 3, 12, 14; Mt 21, 32). Incluso llegó a desafiar al rey o tetrarca judío, Herodes Antipas (Mc 6, 18, par.; Lc 3,19) No se trataba de reunir un resto o fundar una secta. Era todo el mundo el que tenía que cambiar.

Los antiguos profetas habían esperado que el cambio de todo Israel se produjera en la persona del rey o de los dirigentes. Juan, al igual que los últimos profetas, esperaba que fuera cada individuo de Israel el que se arrepintiera y experimentara una transformación personal de corazón. Este es, seguramente el sentido fundamental de la práctica del bautismo de Juan. No importan los precedentes que pudiera haber tenido el rito en cuanto tal. Lo que importa es el uso que de dicho rito hace Juan. El bautismo de Juan era un signo de arrepentimiento individual y personal: «Confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (Mc 1, 5, par.).

De este bautismo se dice que era para el perdón de los pecados (Mc 1, 4, par.). En el contexto, el perdón de los pecados significaba verse libre del castigo futuro. Si todo Israel, o tal vez la mayoría de los hijos de Abrahán, se arrepentía, Dios dejaría de estar airado y se aplacaría en sus propósitos, de modo que la catástrofe no se produjera en absoluto. No está claro si, en el caso de que la catástrofe se produjera, se librarían, o no, los individuos que hubieran sido bautizados. Todo depende de saber en qué clase de catástrofe pensaba Juan. ¿Se trataba, tal vez, de una guerra? Lo más frecuente es que el desastre en que pensaban los profetas fuera una guerra en la que Israel sería derrotada. Y en una guerra, raramente se libran los inocentes. Pero no tenemos los suficientes datos para determinar qué es lo que Juan tenía en mente, ni siquiera si pensaba en algo concreto.

También es significativo el hecho de que el tipo de cambio al que apelaba Juan no tenía nada que ver con la pureza ritual o los pequeños detalles de la observancia del sábado; como tampoco tenía nada que ver con el pagar o dejar de pagar impuestos a los «gentiles». Juan apelaba a lo que nosotros llamaríamos una moral social:

El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene, y el que tenga de comer, que haga lo mismo ...

Y a los recaudadores les dijo: «No exijáis más de lo que tenéis establecido» ...

Y a los soldados les dijo: «No hagáis violencia a nadie ni saquéis dinero; conformaos con vuestra paga» (Lc 3, 11-14).

A Herodes le criticó por haberse divorciado de su mujer para casarse con la mujer de su hermano (otro Herodes) y por todos sus demás crímenes (Lc 3, 19). Pero Josefo, el historiador judío de la época, afirma que Herodes mandó arrestar a Juan por motivos políticos. Tenía miedo de que Juan pusiera al pueblo en contra. Herodes no podía permitir la pérdida del apoyo de su pueblo, especialmente dadas las consecuencias políticas de su nuevo matrimonio. Para casarse con Herodías se había divorciado de la hija de Aretas II, el vecino rey de los nabateos, el cual lo habría considerado no sólo como un insulto personal, sino como una violación de una alianza política. Los nabateos, en consecuencia, se estaban preparando para la guerra. Por lo que se refiere a Herodes, pues, Juan no hacía sino empeorar las cosas al criticar su divorcio y su nuevo matrimonio y al profetizar el castigo divino. Algunos años más tarde los nabateos atacaron y derrotaron a Herodes, el cual tuvo que llamar a los romanos en su ayuda y en ayuda de su reino.

Juan fue arrestado y decapitado por haberse atrevido a hablar contra Herodes.

Juan el Bautista fue el único hombre de aquella sociedad que impresionó a Jesús. En él se hallaba la voz de Dios advirtiendo a su pueblo de un inminente desastre y exigiendo una transformación interior de todos y cada uno de los individuos. Jesús así lo creyó y se unió a quienes estaban decididos a hacer algo al respecto. Y fue bautizado por Juan.

Tal vez Jesús no estuviera de acuerdo con Juan en todos los detalles. Más tarde, como veremos, llegó ciertamente a diferir un tanto de Juan. Pero el mismo hecho de su bautismo por Juan es una prueba concluyente de que aceptaba básicamente la profecía fundamental de Juan: Israel se estaba encaminando a una catástrofe sin precedentes. Y al optar por creer esta profecía, inmediatamente demuestra Jesús estar fundamentalmente en desacuerdo con quienes rechazaban a Juan y su bautismo: los Zelotes, los Fariseos, los Esenios, los Saduceos, los escribas y los escritores apocalípticos. Ninguno de estos grupos habría estado dispuesto a creer a un profeta que, al igual que los profetas de antaño, profetizaba contra Israel.

El punto de partida de Jesús, por consiguiente, fue el inminente juicio de Israel: una catástrofe sin precedentes. Hay muchas pruebas de que Jesús repitió esta profecía una y otra vez a lo largo de su vida. De hecho, en varios de los textos que han llegado a nosotros Jesús es mucho más explícito que Juan acerca de lo que había de suponer ese inminente desasstre. Citemos unos cuantos: .

Va a llegar un día en que tus enemigos te rodeen de trincheras, te sitien, aprieten el cerco, te arrasen con tus hijos dentro y no dejen piedra sobre piedra, porque no reconociste la oportunidad que Dios te daba (Lc 19, 43-44).

Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su devastación. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen ... porque serán días de escarmiento... ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá una necesidad tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo (Lc 21, 20-23).

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad mejor por vosotras y por vuestros hijos» (Lc 23, 28).

Le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas que ofrecían. Jesús les contestó: « ... si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también» (Lc 13, 1, 3).

No pueden existir dudas acerca de lo que aquí se está dando a entender: la destrucción de Jerusalén en una guerra contra los romanos. Con verdadero estilo profético, Jesús profetiza una inusitada derrota militar para Israel. El juicio divino sería una terrible masacre, y los ejecutores de dicho juicio no serían sino los romanos. Sólo quienes tuvieran el buen sentido de huir se librarían (Mc 13, 14-20, par.). Y esto fue precisamente lo que ocurrió el año 70 después de Cristo.

La mayoría de los expertos no han prestado demasiada atención a estos y a otros textos semejantes (Mc 13, 2; Mt 23,37-39; Lc 13, 34-35; Lc 11,49-51; 17,26-37). Suelen descartarlos, so pretexto de que se trata de predicciones insertas en el texto después de haberse producido el acontecimiento (vaticinia ex eventu). Pero las últimas investigaciones han demostrado concluyentemente que no es así.

Fue C. H. Dodd  el primero en mostrar que estos pasajes pudieron perfectamente no haber sido escritos después de producirse el acontecimiento, porque están redactados sobre la base de las referencias escrituristicas a la primera caída de Jerusalén, acaecida el año 586 antes de Cristo, y no hacen ninguna alusión a los rasgos distintivos de la caída del año 70 d.C. Lloyd Gastan llega a las mismas conclusiones después de haber empleado diez años en investigar este problema y haber publicado una voluminosa obra científica realmente convincente, aunque poco conocida y menos leída.

No hay ninguna duda de que Jesús profetizó la destrucción de Jerusalén por los romanos. Es posible que los primeros cristianos retocaran ligeramente sus palabras, pero incluso esto debió de producirse antes de los acontecimientos del año 70. Fue Juan el Bautista el primero en prever el desastre, aunque no sabemos exactamente cómo lo preveía. Jesús coincidía con Juan y, leyendo los signos de los tiempos, vio con toda evidencia que Israel se encaminaba a un choque frontal con Roma. Tanto Jesús como Juan, al igual que los profetas del Antiguo Testamento, expresaron este desastre inminente en términos de un juicio divino.

El mismo pensar en ello le hizo llorar a Jesús (Lc 19, 41), como le había hecho llorar a Jeremías siglos atrás. Pero, ¿ qué podía hacer él al respecto?


[1] Toamdo de Nolan, A, ¿Quién es este hombre? Jesús antes del cristianismo, Sal Terrae, Santander, 1981

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