Pasión y muerte de Jesús
EL PROCESO, LA CONDENA Y LA MUERTE DE JESÚS
Llegados a este punto, podemos afrontar el momento de la muerte de Jesús que es la conclusión de su itinerario histórico. Se trata de la parte más amplia y original que poseemos de los evangelios, de forma que se ha dicho que «los evangelios no son sino una historia de la pasión, precedida por una amplia introducción» (M. Kähler). En la narración de la muerte de Jesús encontramos dos momentos fundamentales en los que se detienen los cuatro evangelios:
- el primero es el relato de la detención y del juicio. Este último es un hecho importantísimo, porque nos da la clave de los motivos que han llevado a la condena y a la muerte de Jesús, si bien tales motivos continúan siendo para siempre un interrogante inquietante y sin resolver en la historia de la humanidad;
- el segundo es la narración de la forma concreta de la muerte de Jesús, que, como veremos, es muy rica de significado.
1. MARCO HISTÓRICO DEL EPILOGO DEL MINISTERIO DE JESÚS
En primer lugar, hemos de decir que el conflicto entre Jesús y el establishment político y religioso de Israel alcanza un punto decisivo en el momento en el que el profeta de Galilea llega a Jerusalén para las fiestas pascuales.
A partir de lo que logremos reconstruir partiendo de los relatos evangélicos, se puede concluir que ya antes de la llegada de Jesús a Jerusalén se había producido una reunión informal, donde el Sanedrín, teniendo en cuenta todo lo que Jesús había dicho y hecho, llegó a esta decisión: «Conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación» (Jn 11, 50). Esto sobre todo para tranquilidad de Israel que, estando bajo la dominación romana, se había mostrado demasiado entusiasta del profeta galileo, reavivando adormecidas veleidades mesiánicas, y por tanto, de insurrección. Pero, más en profundidad, por aquella incurable confrontación que se había creado entre la predicación y el significado mismo de la obra y de la persona de Jesús y los detentadores del «poder» religioso oficial.
En cuanto a la figura de judas, podemos decir que históricamente no tiene una función decisiva, pues el Sanedrín había decidido ya en gran parte lo que hacer: únicamente posee el trágico papel de haber traicionado, seguramente en el último momento, la relación de confianza que le unía a Jesús. En el grupo de Jesús hay, por tanto, uno que le rechaza conscientemente -quizá por miedo o por estrategia política-, y esto pone de relieve aún más el hecho de que Jesús había formado un grupo, o mejor, una comunidad mesiánica a su alrededor, pero sin uniformar a ninguno. Tanto en el caso de Judas como también de los otros que lo abandonan en el momento crucial, Jesús muestra que ha establecido una relación de libertad y de confianza. Los numerosos lugares en los que Jesús mismo, más o menos abiertamente, y con mayor o menor acritud, reprocha a los suyos su lentitud para comprender y para unirse a Él, subrayan el claroscuro de las cosas humanas, y la resistencia al proyecto de Dios, que tantas veces y tan bien Jesús había descrito en las parábolas del Reino.
En lo referente al arresto, podemos decir que, muy probablemente, fue obra de las autoridades del Templo, porque sólo éstas tenían la posibilidad de disponer de un cuerpo de guardia.
Antes de examinar cuál es el significado de los dos procesos que Jesús sufrirá, en un breve espacio de tiempo, -uno judío y otro romano- veamos cuáles son los datos seguros que poseemos.
a) Jesús ha sido condenado a muerte bajo la administración de Poncio Pilato, por tanto, por intervención directa y formal de la autoridad romana.
b) La autoridad judía ha tenido un papel importante en la contienda procesual que ha llevado a la condena, porque Poncio Pilato ha condenado a Jesús a partir de una petición explícita de los jefes judíos.
c) El título colocado en la cruz (como motivo de la condena) decía: «Jesús Nazareno rey de los judíos». Obviamente era un titulus sarcástico, porque colocar este escrito encima de un crucificado, significaba poner en la picota el final frustrado de un fanático que se había autoproclamado rey de los judíos, y que, acabando de aquel modo, a los ojos de los Judíos aparecía también como un blasfemo.
Sobre esta base intentamos reconstruir el desarrollo de los dos procesos.
2. EL PROCESO JUDIO
El Sanedrín era el único órgano político-religioso reconocido por la autoridad romana y estaba formado por setenta miembros más el sumo sacerdote, articulados en tres sectores: los sacerdotes de alto rango, los ancianos (miembros de la aristocracia laica) y los escribas (teólogos y juristas). Era además el tribunal supremo y tenía el derecho y la competencia, concedida por los romanos, de tratar las causas capitales, es decir, las causas que implicaban, como condena, la muerte. Pero no podía ejecutarlas. En el proceso instruido por el Sanedrín hay dos fases.
- La primera acontece de noche, inmediatamente después del arresto. Antes de que el Sanedrín se reúna de manera oficial, hay una reunión informal junto al palacio de los sumos sacerdotes Anás (que gozaba de gran autoridad, si bien no tenía ya el cargo de sumo sacerdote) y Caifás, para ver si se consigue encontrar una línea de acción clara y compartida, como preparación al debate en la sede oficial y plenaria.
- La segunda fase acontece por la mañana con la reunión formal del Sanedrín, donde se toma la decisión de entregar a Jesús a las autoridades romanas.
Ahora bien, el problema decisivo es: ¿bajo qué acusación? Si reconstruimos los elementos que poseemos (también a la luz de los hechos previos al conflicto), podemos concluir fácilmente que hay dos motivos: uno de carácter religioso, el otro de carácter político.
Según la narración de Mateo -que se corresponde con la praxis en uso por entonces- se busca primero algún testimonio para poderlo condenar. Resulta decisiva la acusación, aportada como prueba por dos testigos, de haber defendido una increíble pretensión en relación con el Templo: “Éste dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo” (Mt 26, 61). Lo que resulta una vez más blasfemo en la actitud de Jesús es la autoridad con que Él ha pretendido poder hacer tal afirmación (aunque no sea comprendido su exacto significado). De aquí la crucial pregunta del sumo sacerdote sobre su identidad.
Leamos, por ejemplo, la más antigua redacción sinóptico de este momento culminante del proceso, tal y como la narra Marcos:
“(Habla el Sumo Sacerdote) '¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?'. Y dijo Jesús: 'Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”. El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice. '¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?' Todos juzgaron que era reo de muerte» (Mc 14, 61-64).
Es clara en este texto la relectura post-pascual, pero también está expresado muy sucinta y límpidamente el fondo histórico que ha conducido a la condena inapelable de Jesús. En efecto, Jesús, refiriéndose a la figura del Hijo del Hombre, alude a la profecía de Daniel sobre la instauración del Reino de Dios, a Él confiada. Frente al interrogatorio que le ha sido hecho por el Sanedrín, él ha precisado de manera comprensible, y, por otra parte inaceptable para los miembros del Sanedrín, cuál era su autoconciencia. No ha dicho de modo claro que sea el Hijo de Dios, sino que se ha autoafirmado como el Hijo del Hombre, como aquel a quien JHWH, escatológicamente, ha confiado la realización del Reino. En cualquier caso, Jesús se sitúa en el nivel de la que el sumo sacerdote llama «blasfemia», que es el verdadero motivo de la condena. Por lo demás, como ya hemos señalado, de esta fuerte y límpida autoconciencia de Jesús se derivan tanto su crítica al Templo como a algunas prescripciones de la Ley, tal y como las cumplían los grupos religiosos hegemónicos de la época, y especialmente su relativización respecto a un gratuito e imprevisible cumplimiento. Sobre todo estas críticas, ante lo intocables que resultaban estas instituciones en la comprensión de tales grupos, no podían dejar de aparecer como blasfemas.
En cambio, el segundo elemento que ha influido mucho más para los romanos, es su reivindicación mesiánica, con el peligro de un levantamiento popular. Los sumos sacerdotes unen estos dos elementos, pero destacan más el segundo, para llevar a los romanos un motivo concreto y suficiente para entrar en acción.
Existen algunas interpretaciones en las que se acentúa, un poco unilateralmente, el aspecto socio-político en el mensaje y en la praxis de Jesús. Pero de los episodios precedentes de su vida y de este último, se ve que no es el primer elemento que destaca. Ciertamente, hay una dimensión social y también política en el proyecto mesiánico de Jesús, pero el elemento fundamental es el estrictamente religioso. Esto no significa disminuir las implicaciones socio-políticas de su mensaje, sino fortalecerlas, más aún, hacerlas decididamente revolucionarias: instaurar el Reino de Dios significa -como lo habían mostrado el mensaje y la praxis de Jesús- dar la vuelta a un orden social injusto, tendencialmente esclerotizado e ideológico, yendo a la raíz de todos los problemas: la relación de los hombres con Dios y entre ellos, según el proyecto de Dios que se realiza progresivamente en la historia, gracias a Su intervención en ella.
3. EL PROCESO ROMANO
Este proceso, transmitido de forma amplia y narrativa por Juan y de modo más sintético por los sinópticos, se concentra, en estos dos testimonios, sobre el tema de Jesús Mesías. Esto se confirma por el hecho de que Juan realiza una relectura del proceso tanto en torno al tema de la realeza de Jesús, como en relación al titulus colocado encima de la cruz: «Jesús Nazareno Rey de los judíos ».
El motivo de la condena y de la ejecución por parte de los romanos es la pretensión mesiánica que representa en el fondo una amenaza para la soberanía de Roma sobre Palestina. Fundamentalmente son los jefes de los sacerdotes quienes insinúan a Poncio Pilato esta idea: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César» (Jn 19, 12).
Para Pilato, este caso, en un período de intermitentes revueltas como sucedía en aquel momento histórico, y además en un pueblo tan atípico y tenaz como el de Israel, entraba suficientemente en la normal administración... Igualmente, el hecho de que él mismo envíe a Jesús a Herodes Antipas, no ratificando enseguida la acusación judía sino abriendo, por así decirlo, un suplemento de instrucción del caso, muestra que se había convertido con el tiempo -como es confirmado también por otras fuentes históricas- en un personaje hábil y finamente diplomático, que conseguía escaparse de las situaciones embarazosas con astutas estratagemas. Por lo demás, las narraciones evangélicas subrayan la incertidumbre de Pilato, su vacilación, y casi el no querer asumir del todo la responsabilidad de una condena de la que no llega a aferrar en el fondo todas sus motivaciones
4. LA CONDENA A LA MUERTE DE CRUZ
Llegamos así a la ejecución. La condena a muerte se ejecuta mediante el suplicio de la cruz. Entre los romanos, el castigo de la cruz se reservaba a los delincuentes de las clases más bajas, no a los ciudadanos romanos, sino a los extranjeros, a los esclavos y a los que se habían cubierto de crímenes gravísimos. Además, en períodos de agitaciones sociales y políticas, se usaba como instrumento de represión y de disuasión.
El hecho de que Jesús no sólo sea condenado a muerte, sino a muerte de cruz, es algo mucho más deshonroso. Podemos encontrar una profundización de esta realidad en San Pablo, cuando en el cap. 2 de la carta a los Filipenses, dice que Jesús ha sido condenado a muerte y -subraya enfáticamente el Apóstol- «¡a muerte de cruz! ». El hecho de que más tarde se hable de Jesús como del «crucificado» era algo verdaderamente chocante y contrario al sentido común, tanto que Pablo, en la primera carta a los Corintios, hablará además de la cruz como locura. Cuando los cristianos comiencen a anunciar a un Mesías, a un Hijo de Dios que ha sido crucificado, este mensaje, por lo que la cruz representaba, no podrá ser tomado sino como una verdadera locura.
Añadido a esto, desde el punto de vista de Jesús, el hecho de morir en la cruz se convertía implícitamente, ya sea para Él como para Israel, en un definitivo desmentido de su pretensión mesiánica.
En primer lugar porque la crucifixión, en la tradición hebrea, según una antigua prescripción que se encuentra en el libro del Deuteronomio, era una muerte con la que se amenazaba al que era excluido de la Alianza, el «maldecido por Dios»; y en segundo lugar, porque era ejecutada en una zona que era impura para los hebreos, ya que se encontraba fuera de las murallas de Jerusalén, que es la ciudad santa, y porque el lugar donde eran ajusticiados los condenados a muerte había dejado de ser sagrado. Jesús es condenado y muere fuera del recinto sagrado de Israel, más aún, muere -aparentemente- fuera del espacio de la Alianza entre JHWHY su pueblo.
Todo esto, de manera simbólica pero concreta y dramática para Jesús, significa que él es excluido de la Alianza: y el hecho de que sea rechazado también por una parte de Israel, o al menos por sus jefes, parece confirmar aún más esta realidad.
Lo comprenderá bien San Pablo en la carta a los Gálatas, y en la segunda carta a los Corintios, donde unirá el texto del Deuteronomio, al que hemos aludido, con la muerte en la cruz de Jesús . (Ga. 3,13)
5. LA MUERTE DE JESÚS COMO «ABANDONO»
Para comprender cómo vive Jesús la experiencia de la muerte es importante leerla paralelamente a la del huerto de Getsemaní.
Podemos descubrir en Él dos actitudes fundamentales.
- La primera es ciertamente la conciencia profunda, radical, de la dureza y de la atrocidad de esta prueba. En Getsemaní la encontramos expresada en la frase en que Jesús pide que sea alejado de Él, si es posible, el cáliz, la prueba suprema. La atrocidad de esta prueba no reside sólo en el aspecto exterior, físico, sino especialmente en el aspecto existencias, profundo, que esta muerte significa.
Partiendo de todo cuanto hemos dicho hasta ahora, se puede demostrar rápidamente que, para Jesús, morir en la cruz, en aquella situación, representa:
a) La experiencia del rechazo de Israel, y por tanto, una especie de trágico fracaso del proyecto mesiánico que le había sido confiado por el Padre.
b) La experiencia de la soledad absoluta por parte de aquellos que le han seguido, y sobre todo de los discípulos.
c) La experiencia de un abandono que Él experimenta también en su relación con el Padre, y que se expresa en el grito que nos relata sea Marcos que Mateo, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado ?
En lo referente a tal grito, sabemos que es una palabra tomada del Antiguo Testamento, del salmo 22 precisamente, donde el justo, sintiéndose abandonado por Dios le grita por qué no interviene. La experiencia de Jesús es la de sentirse fracasado en su misión mesiánica y, de alguna manera, excluido de la Alianza, sin que el Padre intervenga para demostrarle a Él y a los otros que Él es verdaderamente el Mesías. Jesús muere sin tener la posibilidad de experimentar ni de hacer experimentar a los otros que Dios está con Él. Es un grito de angustia lacerante, aunque no de desesperación: Jesús se dirige todavía a Dios, y con las palabras de un Salmo. Si bien aparece lleno de un misterioso y profundo significado el hecho de que aquí Jesús se dirige a Aquel a quien a lo largo de su existencia había invocado como «el Abbá» con el simple nombre de «Dios» (El¡ = Dios mío, en Mt; Eloi, en Mc).
Este grito, por una parte, es el obstáculo más radical frente a Cristo; por otra, es la novedad absoluta de la fe cristiana: ¡ésta depende de un Mesías que lleva su fidelidad a Dios y su solidaridad con los hombres hasta experimentar la aparente ausencia de Dios!
- La segunda actitud, en esta situación de fracaso, es la de vivir todo en la extrema fidelidad al Padre. En Getsemaní se expresa en la frase: “No se haga mi voluntad sino la tuya”; en el evangelio de Lucas, con la expresión del abandono confiado extremo. «En tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46).
6. UN «FRACASO»: PERO...
La muerte “fracasada” de Jesús parece que no sólo representa el final, sino también la contradicción más evidente de su mensaje y de su existencia.
- En primer lugar en el sentido de que el centro del mensaje de Jesús ha sido el anuncio de la llegada del Reino, como instauración del señorío de Dios, y como liberación de los últimos y de los oprimidos: su muerte “fracasada” parece contradecir el anuncio y la llegada del Reino.
- En segundo lugar, Jesús ha colocado en el centro del anuncio del Reino la experiencia y el anuncio de la paternidad de Dios: éste es el motor central de todo su mensaje y de su praxis. Pero precisamente aquí, en la muerte, se da la experiencia de una lejanía desconcertante de aquel Dios Padre que Jesús sentía como íntimo a sí mismo de forma única y singular.
- Por último, Jesús mismo se había definido Hijo del Hombre, aquel a quien JHWH entrega, en su nombre, el señorío sobre la historia: también esto está en clarísima contradicción con su muerte en cruz.
Efectivamente, en la narración de los evangelios encontramos, desde el punto de vista de los judíos que asisten a la crucifixión, el relieve dado a este fracaso.
Pese a esta conclusión, o mejor dicho, frente al muro cerrado e insuperable de esta constatación de la frustrada muerte en cruz de Jesús, se opone algo extremadamente significativo, representado por un doble hecho histórico bien preciso y también históricamente y sólidamente fundamentado:
a) El primero consiste en que gran parte de los escritos del Nuevo Testamento son, en gran medida, el testimonio de la explosión de un acto de fe y de un anuncio inesperado y convencido más allá de cualquier posible desmentido: Jesús de Nazaret, el crucificado, ¡ha resucitado!
b) El segundo consiste en que, inmediatamente después de la muerte de Jesús, se inició un movimiento histórico que se remite a él no sólo idealmente, sino proclamándolo vivo y resucitado, y actuando de forma determinante en la historia de la humanidad, en la línea del señorío escatológico de Dios, que, según Jesús afirmaba, sería entregada al Hijo del Hombre.
Estos dos hechos testimonian una fe que por una parte es inquebrantable, y por otra invierte de modo imprevisible el significado de la muerte en cruz de Cristo, en aquella perspectiva que -como hemos visto- está ampliamente atestiguada como típica de la autoconciencia de Jesús.
Frente a este doble hecho histórico, que converge en una única realidad, nuestra tarea pasa ahora a discernir, críticamente, el valor y el significado del testimonio neotestamentarlo de la resurrección.
Cf. Jn, 11, 45-53. Esta reunión tiene lugar después de la resurrección de Lázaro, que, por lo excepcional y por la resonancia del caso, provoca una gran inquietud entre los jefes de los Judíos, hasta llegar a decir ellos “¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (11, 47-48)
La acusación de blasfemia significa que quien condenó a Jesús no fue, por así decir, la maldad “monstruosa” de los malos, sino la “bondad” de los buenos, o la maldad no reconocida de los buenos o al menos de los bien situados. Este rasgo es que hace de la muerte de Jesús radicalmente distinta de todas las demás muertes de mártires (por ejemplo, la del Bautista) y de santos humanos.
El hecho se justifica porque Herodes Antipas tenía jurisdicción sobre Galilea, la región donde Jesús había iniciado su ministerio. Pilato intentará después salir bien librado recurriendo a la aplicación del «privilegio pascual»: «Cada fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: '¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?'» (Mt 27, 15-17). Su mujer también interviene para disuadir a Pilato, pero todo resulta inútil.
Probablemente es por esta conducta dubitativa, por lo que Pilato es visto con una cierta indulgencia en la tradición primitiva de la Iglesia, tanto en las narraciones evangélicas como, por ejemplo, en el discurso de Pedro narrado en los Hechos de los Apóstoles: «Jesús, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando éste estaba resuelto a ponerle en libertad. Vosotros renegasteis del Santo y del justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un asesino, y matasteis al jefe que lleva a la vida» (3, 13-15).
Jesús fue condenado a un suplicio destinado a esclavos y terroristas , lo que nos revela que su condena tiene carácter político. La acusación política es una forma de desautorizar la interpelación religiosa.
«Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles- (1 Co 1, 22-23).
«Si un hombre, reo de delito capital, ha sido ejecutado y le has colgado de un árbol, no dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol; lo enterrarás el mismo día, porque un colgado es una maldición de Dios. Así no harás impuro el suelo que Yahveh tu Dios te da en herencia» (Dt 21, 22-23); aunque no está claro que este texto hable de crucifixión, hay una referencia más explícita en el Rollo del Templo (11 QT 64, 6-13).
El hecho de que Jesús sea ajusticiado «fuera de los muros» se encuentra subrayado, en la parábola de los viñadores homicidas, y además en Mt 27, 32 y en Hb 13, 12-13 («Por eso, también Jesús, para santificar al pueblo con su sangre, padeció fuera de la puerta. Así pues, salgamos donde él fuera del campamento, cargando con su oprobio»).
Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura. 'Maldito todo el que está colgado de un madero'» (Ga 3, 13).
«A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él- (2 Co 5,21).
La conexión entre la muerte en cruz de Jesús y el texto de Dt 21, 22-23, está presente a menudo allí donde el Nuevo Testamento usa madero en lugar de cruz (cf., por ejemplo, 1 P 2, 24).
Aquí tenemos el relato de Marcos: “Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: 'Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad'. Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: '¡Abbá, Padrel; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú'» (Mc 14, 33-36). Un texto paralelo al relato sinóptico de Getsemaní, con el tema de la “turbación” de Jesús ante su “hora” lo encontramos también en el cuarto evangelio-. «Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27), y en la carta a los Hebreos: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció aprendió la obediencia” (Hb 5, 8).
Pensemos únicamente en la incapacidad de los apóstoles para velar con él en el huerto de Getsemaní (Mc 14, 37ss), en la negación de Pedro (Mc 14, 66-72; Mt 26, 69-75: Lc 22, 55-72; Jn 18, 17. 25-27: un episodio ampliamente tratado por los evangelistas, destacando con ello que incluso en aquel que había sido llamado por Jesús «roca», la fe es siempre un don gratuito de Dios), en el abandono de todos en el momento Supremo del suplicio de la cruz, excepto Juan y algunas mujeres.
cf. Mc 15, 34; Mt 27, 46. El dramatismo de la muerte de Jesús se encuentra también subrayado por aquel «otro grito» que, según Mateo, Jesús emite antes de expirar (27, 50), y por la carta a los Hebreos: «El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado” (Hb 5, 7). En el evangelio de Juan, esta misma experiencia de angustia se nos describe en el grito: «Tengo sed» (19, 28), que hace resonar también -como el grito del abandono- el Sal 22, 16 («está seco mi paladar como una teja y mi lengua pegada a mi garganta»), y donde Jesús, que se había presentado como fuente de agua viva (Jn 4, 10-13; 7, 37), fuente de la unión con Dios por obra del Espíritu, es probado por una gran «sequedad».



