¿Cómo resucitamos?
¿Qué es un cuerpo humano?
¿Qué es un cuerpo? La realidad de los cuerpos se puede estudiar según toda una escala de puntos de vista científicos. Están los cuerpos minerales, de los que analiza su composición molecular y atómica. Están los cuerpos vivos, vegetales y animales, que se estudian según su componente biológico. Se observa ya un umbral entre el vegetal y el animal. La rama animal, desde los protozoarios hasta los simios superiores, tal como se explica en la interpretación de la evolución, se presenta como una serie ascendente en el terreno de la ciencia y de la comunicación, a medida que el sistema nervioso se va desarrollando. Con los animales domestico tenemos una experiencia de una comunicación afectiva.-
Con el cuerpo humano se traspasa un umbral nuevo y radical. Este asume todo los “niveles” inferiores del ser corporal. Estamos hechos de átomos, de moléculas de células, de sistemas vegetativos y nerviosos. Nuestro cuerpo obedece a todas las leyes de la biología. Sin embargo, las rebasa de manera decisiva por su conciencia reflexiva por su razón, por la capacidad de su lenguaje. No se puede separar aquí con demasiada facilidad el cuerpo del alma. Por que todo lo que vivimos es inseparable del cuerpo.-
Es a través de el como podemos trabajar, actuar sobre la naturaleza y transformar el mundo. Por medio del pensamos y hablamos, entrando así en relación con los otros. Nuestra palabra es inmaterial en cuanto a su sentido, pero al mismo tiempo es muy material, ya que se produce por la articulación de los sonidos producido en virtud del aire que expulsamos por la boca. Cuando escribimos, también es por mediación de nuestro cuerpo como trazamos las letras sobre el papel o tecleamos en el ordenador; la escritura de alguien se considera suficientemente reveladora de su personalidad como para dar lugar a investigaciones grafológicas. Es con el cuerpo como amamos. Los gestos del amor pasan por él, aunque sea expresión de un sentimiento que va mucho más allá de las sensaciones corporales. De manera más general, es también con el cuerpo como experimentamos alegría y placer.-
Nuestro rostro tiene una movilidad constante, que nos permite manifestar toda una gama de sentimientos delicado por medio de la sonrisa y la risa, las lágrimas o la alegría. Sus expresiones, en particular las más familiares, las que un pintor trata de captar, son una ventana abierta a nuestra personalidad. Pensemos también la belleza espiritual del cuerpo humano, del cual todos los miembros son expresivos, en particular en ciertos bailes, o en ciertas hazañas deportivas, en lo que el cuerpo aparece como trascendido. Toda la forma del arte son corporales, puestos que están ligados a nuestros órganos sensoriales, que la producen y las gozan. No obstante son lugares de experiencia espiritual.-
La resurrección de Jesús
Nuestro cuerpo es también lugar de sufrimiento, no sólo físico sino también moral. ¿Dónde está, por los demás, el límite exacto entre ambos? La angustia interior, un grave fracaso sentimental o profesional, tiene repercusiones corporales Por su parte, la prueba de la enfermedad, que lo es siempre de tal o cual órgano o función, es un sufrimiento auténticamente humano, sobre cuando está en juego nuestra esperanza de vida. Por eso la muerte, que pone fin a la íntima relación que tenemos con nuestro cuerpo, es percibida como una destrucción de nosotros mismos.-
A medida que avanzamos en edad, nuestro ser va haciendo historia. Lleva las huellas de las heridas físicas y morales recibidas. En definitiva, todo en nuestro cuerpo es típicamente humano. No tenemos simplemente un cuerpo animal sobre el que se hubiere injertado un espíritu independiente. Como decía Peguy, en nosotros lo espiritual es carnal y lo carnal es espiritual. En realidad, no tenemos un cuerpo, sino que somos nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es un cuerpo humano y, por consiguiente, un cuerpo espiritual. La antropología contemporánea habla con frecuencia de “cuerpo elocuente”, o de “cuerpo significante”. Subraya asimismo el hecho de que este sea ante todo el lugar de una existencia personal, hecha de lenguaje y comunicación. Es inseparable de nuestra condición humana. Nuestro cuerpo somos nosotros mismos.-
Ese cuerpo personal de cada uno existe dentro de una red de relaciones con los otros y forma con ellos una serie de “cuerpos sociales”: cuerpo familiar, cuerpo profesional, cuerpo económico, cuerpo político, cuerpo religioso, etc. También la Iglesia se presenta como “cuerpo de Cristo”. Esta extensión de la palabra “cuerpo” a diversas realidades sociales es sin duda analógica. Se habla igualmente de un corpus de textos. Pero el uso de la palabra “cuerpo” en tales casos es revelador.-
De la muerte a la sepultura
Tras la muerte del hombre, su cuerpo se convierte en cadáver y es enterrado. Este cambio de nombre, así como el respeto que se manifiesta, indica que no se trata ya, y al mismo tiempo se trata todavía, de un cuerpo humano. El cadáver no es cuerpo por el mero hecho de que no es elocuente ni significante. Ha quedado deshabitado, no es ya el centro de relaciones de una persona humana. No obstante, sigue siendo cuerpo humano para los que conocieron y amaron al fallecido. Es para ello un signo que recapitula toda su historia y todos los encuentros que tuvieron con {el. Por eso recibe una sepultura que es muestra de respeto y quiere mantener viva su memoria. El hombre es el animal que entierra sus muertos y se relaciona con ellos como seres que de alguna manera siguieran viviendo.-
Pues si la muerte del ser querido aparece como una separación absoluta y definitiva, el enterramiento respetuoso deja traslucir sin embargo la esperanza de que todo no haya acabado. Según las tradiciones religiosas, los que sobreviven al difunto se sienten inclinado a pensar que este sigue viviendo, aunque sea con una existencia atenuada. Tratan de preservar lo más posible el cuerpo de la corrupción (embalsamamiento, momificación). O bien consideran que sigue viviendo e la conciencia de su familia, o de su pueblo, por las huellas que su acción ha dejado.-
¿Qué cuerpo es el que resucita?
Hablar de la resurrección de los cuerpos no es emitir ningún juicio sobre la suerte de sus átomos, moléculas y células. Un apologista cristiano del siglo II, Atenágora de Atenas, se dejó llevar a argumentaciones ridículas por su materialismo. Proponía el siguiente caso. Unos peces se comen los cuerpos de unos náufragos. Pero a su vez otros hombres se comen a estos peces. Suponiendo que un hombre se haya comido la carne de un pescado, que a su vez se ha comido la carne de un hombre, ¿a quién pertenecerá esta carne en el momento de la resurrección?-
Se puede sonreír. La actitud abierta de la Iglesia respecto de la cremación pone claramente de manifiesto que la resurrección no tiene nada que ver con el estado de conservación de un cadáver. Si bien la cremación, hoy realizada con un gran respeto al difunto y a la familia, aparece simbólicamente como una forma más brutal de destrucción del cuerpo[1].-
La discontinuidad del resucitado no es en efecto representable. No tenemos ninguna imagen de lo que puede ser un cuerpo resucitado en un universo que está más allá del tiempo y del espacio. Sólo podemos percibir ciertos signos de esta discontinuidad a partir de los relatos evangélicos sobre Jesús resucitado. Y aún así, estos son “pedagogía” adaptada a hombres no resucitados.-
Según la fe cristiana, afirmar la resurrección del cuerpo es mantener una continuidad en la discontinuidad radical que se ha indicado entre el cuerpo mortal y el cuerpo resucitado.-
Esta continuidad por irrepresentable que sea, concierne al cuerpo humano en tanto que humana, en tanto que es inseparable de nuestra condición humana, que es recapitulación de toda una historia y expresión de una personalidad completa.-
Se nos dice al mismo tiempo que ese cuerpo será a partir de entonce un “cuerpo espiritual”, un “cuerpo glorioso” e incorruptible, por oposición a nuestro “cuerpo animado” y “corruptible”. Esto puede parecer una contradicción en los términos: lo que es espíritu no es cuerpo y lo que es cuerpo no es espíritu, como lo que era verso no era prosa para monsieur Jourdain. Pero todo el análisis anteriormente propuesto ha mostrado que nuestro cuerpo carnal es ya espíritu Nehemas de un sentido. Entonce lo será completamente. Pero nadie puede decir más, simplemente por que nadie en la tierra a resucitado nunca. Pero lo que se afirma con ello es una realidad de esperanza y de fe, que va mucho más allá de la idea de la inmortalidad del alma.-
Tal es el mensaje de la resurrección de Jesús. Este se manifiesta sus apóstoles como él mismo, aquel que conocieron y que ahora “reconocen” con una forma totalmente distinta, por que el modo de comunicación que tienen con él ha cambiado totalmente. Jesús no está ya sometido a las limitaciones del espacio y del tiempo: las trasciende y domina completamente. Su presencia viene ahora de otra parte, viene del mundo divino de Dios.-
Desde el principio, este mensaje fue una dificultad, en particular para los paganos, como se ve en la escena de los Hechos de los Apóstoles en la que Pablo anuncia la resurrección ante el Aerópago de Atenas:”Al oír hablar de la resurrección de los muertos, unos se burlaban y otros dijeron: “Te oiremos sobre esto otra vez” He 17,32.-
El mensaje de la resurrección fue desde luego, en muchas ocasiones a lo largo de los siglos, piedra de tropiezo para la fe cristiana. Pero fue también su palanca más importante.-
En nuestra época conviven actitudes contradictorias ante este mensaje provocador para la razón humana. Por un lado, nuestro tiempo rechaza toda dicotomía antropológica entre alma y cuerpo. Nunca se ha afirmado con tanta fuerza que no tenemos cuerpos, sino que somos cuerpo. Pero, al mismo tiempo, una presión cultural difusa trasmite a la reflexión teológica una especie de alergia hacia un mensaje que, referido a Jesús, concierne también a la realidad de nuestro cuerpo.-
Bibliografía: Creer. Bernard Sesboué. Ed San Pablo, 3ra Edición. Paris 1999.Pp 355-360
[1] No obstante, la tentación de dar cuenta de la resurrección en un plano material nos acecha siempre. Hace poco, un hombre de ciencia planteaba en una conferencia la siguiente pregunta: “¿Permiten los datos de la ciencia moderna creer en la resurrección según el dogma católico?” Su reflexión es técnicamente muy elaborada. Pero la manera de plantear un problema en su conjunto es errónea. El autor pretende tratar la resurrección como si retratara de un fenómeno cualquiera, abordándola desde un punto de vista científico y considerándola como un fenómeno, en el mismo sentido que la cristalización o la dilatación de los metales. Lo que se plantea entonce es saber si el paso de la vida a la muerte es un “fenómeno reversible o no” Se habrá notado donde está el fallo radical de una postura semejante. La resurrección es pensada aquí dentro de nuestro continuo espacio-temporal, sin duda como un paso a una nueva perfección corporal, pero que conduce finalmente a una vida del mismo orden que la anterior. Ahora bien, la resurrección no es en rigor un fenómeno. La ciencia no tiene más que decir que la historia sobre la discontinuidad que hay entre nuestro mundo y el que el buen sentir popular llama “el otro mundo”, es decir el mundo de la vida de Dios. Ninguna disciplina científica tiene competencia para “probar” la posibilidad de la resurrección. Si alguna vez se lograra esto, no se trataría ya de la resurrección.



