La resurrección de Jesús (2º)
III. EL SIGNIFICADO DE LA RESURRECCIÓN
La primera constatación que realizamos es que la resurrección de Jesús es el artículo desde el que se mantiene o se derrumba la fe cristiana, como subraya con fuerza San Pablo- «Si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe» (1 Co 15,14. 17). Ya hemos dicho sintéticamente, que el significado de la resurrección está en la realización del anuncio del Reino en la historia proclamado por Jesús. Ahora podemos profundizar este concepto, examinando la resurrección en relación con la identidad de Jesús, con la constitución de la comunidad mesiánica, con la historia universal de la humanidad. Se trata -como fácilmente se podrá constatar- de tres dimensiones que recuperan y actualizan algunos elementos característicos de la historia de Jesús, sobre el trasfondo de toda la historia de Israel.
1. La resurrección como manifestación escatológica de la identidad de Jesús
El primer significado fundamental[1] consiste en que, gracias a la resurrección, Jesús de Nazaret no sigue actuando en la historia sólo a través de su mensaje, sino a través de su misma presencia personal. Aquí se pone de relieve un elemento fundamental que caracteriza la fe cristiana: hay una relación inseparable entre la «causa» de Jesús y la persona de Jesús. Lo que ya habíamos señalado a propósito de la predicación del Reino, se hace ahora más evidente y más central en relación con la resurrección. Desde el punto de vista existencial esto significa que el creyente será no aquel que simplemente propugna la causa de Jesús, sino aquel que, íntimamente unido a la persona de Jesús resucitado, continúa con y en Él su causa.
- Esta existencia nueva de Jesús resucitado acontece gracias a una intervención soberana y escatológica de Dios, al que Jesús ha manifestado como Padre. La resurrección se muestra -más allá del aparente fracaso en el que parece agotarse la misión del Nazareno- como el sello de la aprobación escatológica y definitiva de Dios sobre el mensaje y la obra de Jesús de Nazaret: «es Dios -testifican, efectiva y unánimemente, los testimonios apostólicos- quien ha resucitado a Jesús»[2].
- La resurrección, por tanto, acredita y manifiesta a Jesús de Nazaret en su condición nueva de señorío, de realeza: es la confirmación y la plena manifestación/actuación de su «pretensión» mesiánica. Jesús resucitado es aquel al que Dios Padre ha dado el señorío sobre el cosmos y sobre la historia, en la perspectiva de la profecía del Hijo del Hombre[3]. Esta nueva condición de Jesús se expresa en términos de transfiguración y de glorificación, es decir, de superación de las condiciones del espacio y del tiempo típicas de la existencia histórica del hombre, en la perspectiva de la vida plena y definitiva.
Pablo, por ejemplo, expresa esta nueva situación de Jesús mediante esta dialéctica: «El Jesús histórico es “simplemente”(mejor: todavía no es más que) Jesús según la carne; Jesús resucitado es Jesús según el Espíritu» (cf. Rm 1, 3-4), o sea, según el designio plenamente manifestado y realizado por Dios.
- Esta situación nueva de Jesús resucitado es al mismo tiempo obra del Espíritu. Hemos visto ya cómo el Espíritu de Dios, el rúah de jhwh, es la fuerza vivificante de Dios que -según el testimonio del Antiguo Testamento y de la historia de Jesús- actúa en la historia y en el Mesías. La resurrección de Jesús es obra del Espíritu en cuanto que es la pneumatización, la glorificación en el Espíritu de la existencia terrena de Jesús. es la presencia total del Espíritu del Padre en Jesús de Nazaret[4]. Jesús resucitado está impregnado por el Espíritu y se convierte así, a su vez, en el dador del Espíritu a los hombres[5].
En síntesis, la identidad de Jesús de Nazaret llega a su definitiva «maduración» y manifestación sólo a partir del acontecimiento de la resurrección, tanto en sí misma como en la comprensión de los apóstoles y de la comunidad primitiva. Por tanto, la identidad que Jesús de Nazaret adquiere plena y definitivamente a la luz de la resurrección es:
- ciertamente la identidad del Mesías escatológico, del Ungido por el Espíritu, en una perspectiva que trasciende la condición simplemente histórica o política del Mesías mismo, porque debe integrar la perspectiva del Siervo de jhwh y del Hijo del Hombre y -sobre todo- la singular autoconciencia de la identidad filial testimoniada por Jesús;
- pero también la identidad del Señor, del Kyrios, a quien Dios Padre ha atribuido el señorío sobre la historia en la fuerza del Espíritu[6].
En el testimonio de los apóstoles, y posteriormente en el de la comunidad primitiva, el título más central de la fe en Jesús pasa a ser el de Kyrios, el mismo título que se atribuye únicamente a Dios en el Antiguo Testamento: como lo veremos ampliamente en el próximo capítulo, desarrollando cuanto hemos dicho aquí en germen y en síntesis, refiriéndonos a la originaria experiencia y comprensión de la identidad de Jesús resucitado[7].
2. La resurrección como definitiva convocación-constitución de la comunidad mesiánica.
a. La convocación-constitución en torno a Cristo resucitado
En el testimonio de los apóstoles Cristo resucitado es presentado como el centro, el corazón de la comunidad mesiánica, que se manifiesta y se actualiza sobre todo en el anuncio del kérigma sobre Él y en la celebración de la eucaristía. En la experiencia de la Iglesia primitiva encontramos esta transición: en un primer momento, Cristo resucitado, en las apariciones, se manifiesta como el centro de la comunidad cristiana reconstituida; en un segundo momento, unido al misterio de la ascensión, Jesús permanece presente no ya a través de las apariciones, sino a través de su «palabra» y del «pan» partido, y en la unión de los discípulos que es fruto de ello. La «palabra» y el «pan partido», en el fondo, son las dos «vías» por medio de las cuales los discípulos asimilan el estilo de existencia de Jesús, y, en Él, llegan a ser «un solo corazón y un alma sola». Esto es -en la autoconciencia de la comunidad apostólica- el inicio del Reino en la historia.
La conexión entre estos dos momentos es el mismo Cristo resucitado que se hace presente en dos modalidades diversas. La realidad de la comunidad mesiánica se actúa en estas tres etapas,
1. El Jesús histórico, que convoca a su alrededor a los discípulos, y de modo particular a los doce.
2. Cristo resucitado que se hace presente en las apariciones y consolida la comunidad de los suyos, manifestándoles que el Reino ha sido instaurado a través de su muerte y su resurrección.
3. Cristo resucitado que continúa su presencia, a través del «pan partido» y de la «palabra», en la comunidad reunida en su nombre (cf. Mt 18,20)
Son tres etapas profundamente unidas la una a la otra y que desembocan la una en la otra, en una progresiva realización del Reino en la historia.
Veamos ahora rápidamente cómo expresan esta realidad las cuatro principales tradiciones apostólicas[8].
Tradición lucana. Entre los diversos textos examinamos el más límpido, que es ciertamente el de la aparición a los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). En este texto, con una técnica que podríamos definir de sobreimpresión, encontramos contemporáneamente presentes tres niveles.
a) el primero es el nivel histórico de la aparición de Jesús resucitado a estos dos discípulos;
b) el segundo es la transposición de esta experiencia a la de la comunidad primitiva;
c) el tercero es la actualización de esta experiencia en cualquier tiempo de la vida de la Iglesia.
Estos tres niveles son unificados por la experiencia paradigmatica de la comunidad mesiánica convocada y constituida alrededor de Cristo resucitado. Al mismo tiempo se subraya la profunda unidad entre la modalidad protoapostólica y la modalidad eclesial de la presencia de Cristo resucitado.
Veamos ahora los dos puntos fundamentales que Lucas subraya con una descripción sabia y artísticamente elevada.
- En primer lugar, frente al desánimo de los discípulos respecto a la pasión y muerte de aquel a quien ellos consideraban el Mesías, Jesús lee las Escrituras a la luz de su experiencia:
«Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24, 27).
Cristo crucificado y resucitado se convierte en la llave interpretativa de la Escritura, y por tanto, por una parte del Antiguo Testamento; y, por otra, de la vida histórica y del mensaje del mismo Jesús (como mostrará el Nuevo Testamento, que obviamente no había sido escrito aún en este momento). Más aún, la Escritura, iluminada por Cristo resucitado, se convierte en mediación de su presencia. «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros -exclaman los dos discípulos- cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (24, 32).
-El segundo elemento que Lucas subraya es el del «pan partido»:
«Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30).
Aquí encontramos claramente el repetir la acción de la última cena que Jesús había encomendado a los suyos: « ¡Haced esto en memoria mía!». En este caso es Cristo resucitado quien la realiza: y es claro que el acto de partir el pan se convierte en el signo y en el instrumento de la presencia actual de Cristo entre los suyos. Tanto es así que Lucas subraya inmediatamente después del acto de «la fracción del pan» que: «se les abrieron los ojos y le reconocieron» (24, 31), y aún más: « ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían reconocido en la fracción del pan» (24, 35).
En la misma línea, en los Hechos de los Apóstoles, donde se describe la comunidad mesiánica, volvemos a encontrar subrayados por Lucas los mismos elementos.
«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles (y por tanto a la “palabra”), a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42).
Tradición mateana. Mateo interpreta la presencia de Cristo resucitado en la comunidad en clave de continuidad\cumplimiento con el Antiguo Testamento. Escribiendo él a una comunidad de origen judío, se refiere a la promesa del Antiguo Testamento en el que una fuerte tradición subrayaba: «el no-pueblo se convertirá en un verdadero pueblo, cuando Jhwh esté en medio de él»[9]. En Mateo, la presencia de Jesús en medio de los apóstoles y posteriormente en medio de la comunidad, es leída precisamente como la presencia escatológica de Dios en medio de su pueblo. Encontramos aquí una gran inclusión, que da el título y el contenido al evangelio, y que está constituida, por una parte, por el nombre que al inicio se le da a Jesús, Emmanuel, que significa Dios-con- nosotros (Mt 1, 23)[10]; y por otra, -al final del evangelio- por la proclamación del Resucitado:
-Me ha sido dado todo poder en el ciclo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20).
El Emmanuel, el Dios-con-nosotros, no ha estado presente entre los hombres sólo en su dimensión de historicidad (antes de la Pascua), sino también -y sobre todo, y de modo definitivo- está presente ahora y siempre en su realidad de resucitado, después de la Pascua. El centro de esta gran inclusión está expresado en el famoso lóghion, que se encuentra en el corazón del cap. 18 del evangelio, también conocido como discurso «comunitario» o «eclesial».
«Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).
La comunidad mesiánica, la Iglesia, ha sido constituida por la presencia del Resucitado allí donde los discípulos están unidos en el nombre de Cristo, en el vivir con fidelidad y radicalidad su enseñanza.
Tradición paulina. Pablo expresa la presencia de Cristo resucitado a través de la imagen del cuerpo. la comunidad mesiánica es el cuerpo de Cristo resucitado[11]. Cuando él emplea esta imagen, quiere significar que la comunidad es la visibilización histórica del mismo Cristo resucitado. Esta afirmación subraya en Pablo dos aspectos que se integran mutuamente:
- la visibilidad histórica de la Iglesia tiene un centro vivificante y estructurante que es Cristo resucitado;
- la comunidad es visibilidad de Cristo en cuanto que está en relación con Cristo mismo a través de la palabra, la fracción del pan y el ágape fraterno.
En estas tres tradiciones existe un importante concepto en común: cuando hacemos esta ecuación entre Cristo resucitado y la comunidad mesiánica, hemos de tener siempre presente que en una ecuación se dan dos términos distintos, pero profundamente relacionados entre sí[12]. No se trata de que Lucas, Mateo y Pablo digan metafóricamente que la comunidad mesiánica tiene a Cristo vivo en su centro: es una experiencia real, tangible, lo que hace a la Iglesia ser Iglesia. Ella, según el testimonio evangélico, está vivificada y unificada por la presencia de Cristo resucitado mucho más que la comunidad apostólica (antes de la Pascua) estuvo centrada en el Cristo histórico.
Tradición joánica. También en Juan encontramos los mismos dos niveles: el de las apariciones históricas y el de la comunidad mesiánica que posee su propio paradigma en el reencontrarse unida en torno a Jesús resucitado, en la palabra y en el partir el pan. En este sentido leemos la aparición al grupo de los apóstoles.
«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”» (Jn 20, 19).
Es interesante examinar los dos verbos que usa Juan. El «se presentó en medio de ellos» en griego es «éste» (estuvo en medio de ellos), y un segundo verbo -que en la traducción española incluye su significado en el «se presentó» pero que aparece en el original griego- es «élthen», que en Juan posee el siguiente significado: Jesús no se hace presente llevando a cabo un movimiento desde el exterior hacia el centro, sino, por decirlo de alguna manera, se visibiliza en el centro de la comunidad y permanece allí, atrayendo hacia sí, en la unidad, a los suyos[13]. De nuevo encontramos los dos niveles: por un lado, Juan quiere dar el testimonio histórico de la aparición de Cristo a los apóstoles; por otro, quiere expresar el modo con el que Cristo está continuamente presente en la comunidad.
En el cuarto evangelio, sigue otra aparición, la realizada a Tomás, donde Juan subraya un aspecto nuevo: Tomás es invitado a meter la mano en las llagas y en el costado de Cristo[14]. El costado abierto, en la simbología de Juan, significa que Cristo resucitado, presente en la comunidad, se ha eternizado en el acto de entregarse en el evento de la cruz. El Resucitado es, efectivamente, la eternización de Cristo en el acto máximo de su amor: y el kérigma que es anunciado, el pan que se parte, son la continuación y la actualización de Cristo que se da y transmite su misma vida a la comunidad.
Como vemos existe una estrechísima relación entre el Cristo histórico, el acto del darse en la cruz y la resurrección que eterniza este acto, y del que hace partícipes a los discípulos en el don del pan y en el anuncio de la palabra.
Todo esto se encuentra explicitado en el próximo capítulo, donde Juan, refiriéndose al relato de la pesca, narra otra aparición:
«Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez» (Jn 21, 13).
El pan es signo e instrumento de la presencia de Cristo resucitado, y el pez fruto de la misión de los discípulos (recordemos el «os haré pescadores de hombres»).
Por último, en el Apocalipsis, a la luz de la presencia de Cristo resucitado en la Iglesia, el destino escatológico de la humanidad se presenta como la plena realización de la promesa hecha a Israel:
«Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Ap 21, 3).
«Pero no vi santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todo- poderoso, y el Cordero, es su santuario. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero» (Ap 21, 22-23).
b. La comunidad mesiánica convocada-constituida en la novedad y en la fuerza del Espíritu
La existencia de Jesús a partir de la Pascua es una existencia glorificada en el Espíritu, y la experiencia de la Iglesia primitiva está en el hecho de que el Espíritu, que transfigura a Cristo resucitado, es comunicado a la comunidad.
Surge espontánea la pregunta acerca de quién es este Espíritu, dado en plenitud por el Resucitado, que glorifica la comunidad de la misma forma en que glorifica Cristo resucitado. Responderemos más adelante a esta pregunta[15]. Aquí anticipamos solamente que el Espíritu es Dios mismo dentro del hombre, o mejor aún, Cristo resucitado (glorificado por Dios y vivo en El) presente en el discípulo y en la comunidad de discípulos -en la línea, actuada y transcendida de las conocidas profecías de Jeremías y de Ezequiel.
Realizada esta premisa, veamos cómo este evento se expresa en dos tradiciones.
Tradición lucana. En esta tradición, el lugar donde se manifiesta en la forma más precisa y más amplia el hecho de que la comunidad escatológica se actúa en el Espíritu, es el episodio de Pentecostés[16]. Éste es presentado como la realización de una promesa hecha en el Antiguo Testamento. Por una parte es evidente la conexión con el episodio de la Torre de Babel (lo que Babel dispersó, Pentecostés lo ha reunificado)[17]; por otra, sobre todo se hace referencia a la promesa profética del don del Espíritu en los últimos tiempos, y quizá también al don de la Ley de la Nueva Alianza: la Ley interiorizada en los corazones por medio del Espíritu[18]. En el Antiguo Testamento encontramos dos líneas proféticas respecto al don del Espíritu: una subrayaba la presencia del Espíritu en el Mesías; la otra, presente sobre todo en el profeta Joel, se refería al don del Espíritu sobre toda la comunidad[19].
En Pentecostés estas dos líneas se unifican, por lo que el don del Espíritu a la comunidad pasa a través del don del Espíritu al Mesías (en el bautismo, y en plenitud, en la glorificación acontecida con la resurrección).
Tradición joánica. En Juan, Cristo resucitado es visto -ya lo sabemos- como el centro de la comunidad que, en su corazón, derrama sobre los discípulos el Espíritu. En el fragmento del cap. 20 que hemos examinado antes, el evangelista conecta el don del Espíritu con la aparición entre los apóstoles de Cristo resucitado: «sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo» (20, 22). Este soplar recuerda el Génesis, el relato de la creación del hombre por parte de Dios: Cristo resucitado, soplando el Espíritu, lleva a su cumplimiento el proyecto de la creación: hace al hombre plenamente hombre, convirtiéndolo al mismo tiempo en hijo de Dios - igual que Cristo[20].
En síntesis, la comunidad mesiánica de la Nueva Alianza es el cumplimiento del proyecto de Dios sobre la humanidad y de la promesa del Antiguo Testamento. El signo escatológico de la presencia del Espíritu en la comunidad mesiánica constituida alrededor de Cristo Resucitado es la comunión, mejor aún, el ser «uno» en Él.
Tanto Juan, en la llamada oración sacerdotal («que sean uno para que el mundo crea», 17, 21), como Lucas, que define a los primeros cristianos «un solo corazón y una sola alma» y describe la práctica de la comunión de bienes, subrayan la aparición de esta nueva socialidad como primicia de la llegada del Reino. También Pablo, de forma lapidaria, subraya esta novedad de la comunidad mesiánica: «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28).
En el fondo, se trata de la actuación sobreabundante del anuncio de Jesús acerca de la llegada del Reino, como configuración nueva -por la presencia escatológica de Dios entre los hombres- de las relaciones sociales, y anticipación de la vocación definitiva de la existencia humana. El Espíritu interioriza en el creyente a Cristo resucitado, que es la Ley nueva en persona: en ÉI, por medio del amor vivido, los creyentes son «uno» entre ellos y con el Padre.
3 El significado universalista de la resurrección
¡Ya no hay judío ni griego! La muerte y resurrección de Jesús posee claramente un valor universal, se refiere a la historia de la humanidad en su conjunto. La muerte en cruz, entre otros significados, tiene también -como se recordará- el de la exclusión de Jesús de la Alianza antigua, y precisamente por esto puede convertirse en punto de encuentro entre la Alianza antigua y todos los demás pueblos. Así, en la resurrección, el don del Espíritu es dado no sólo a Israel sino a todos los pueblos.
Por usar una imagen se podría decir que la historia de la humanidad es una historia unitaria, pero en un cierto punto se separa- encontramos la Alianza con Israel, por un lado; por otro, los demás pueblos llamados tambien -en un futuro- a converger en el único pueblo de Dios. Es el gran mensaje universalista de los profetas que ha caracterizado la fe de Israel, sobre todo a partir del exilio de Babilonia. Jesús, que se sitúa en un tronco de esta historia (la Alianza), en el acontecimiento de su muerte se coloca fuera del exclusivismo del tronco en que se ha injertado, y puede así convertirse en el punto de encuentro entre la Alianza antigua y todos los demás.
Una de las expresiones más hermosas y teológicamente más completas del significado de este evento, nos la ofrece la carta a los Efesios.
«Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad. ( ... ) Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2, 14-18).
En las tradiciones evangélicas este significado universalista de la muerte y resurrección de Jesús se expresa en el mandato dado por Cristo resucitado a los apóstoles de que sean testigos suyos entre todas las gentes.
Así lo vemos en Mateo:
«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: 'Me ha sido dado todo poder en el ciclo y en la tierra. id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo'» (Mt 28, 16-20).
Y en Lucas:
« ... recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8)[21].
Aflora, sin embargo, una pregunta. si la muerte de Jesús verdaderamente tiene este efecto, ¿por qué Israel no sólo rechaza a Jesús, sino que tras su resurrección continúa su camino? Más todavía, ¿por qué continúa -como indican los Hechos- la persecución contra los discípulos de Jesús? Es un problema teológico que Pablo mismo se plantea en la carta a los Romanos. Más que nadie él vive dentro de sí esta paradoja formidable: por un lado el impulso universalista del nuevo mensaje; por otro, el dolor de la nueva separación que se ha creado entre Cristo y los hebreos. Y esboza una respuesta teológica, dejándose guiar por una perspectiva de esperanza, fundada en la omnipotente gracia de Dios.
«Y pregunto yo. ¿Es que ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! ¡Que también yo soy israelita, del linaje de Abrahám, de la tribu de Benjamín! Dios no ha rechazado a su pueblo, en quien de antemano puso sus ojos (... ). Y pregunto yo: ¿Es que han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo! Sino que su caída ha traído la salvación a los gentiles, para llenarlos de celos. Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para los gentiles ¡qué no será su plenitud!» (Rm 11,1-2.11-12).
Corno coronación de esta dimensión universalista, San Pablo, siempre en la carta a los Romanos, muestra cómo la resurrección se convierte en el principio de la nueva creación del cosmos entero: todo el cosmos -no sólo el hombre- es llamado a participar en esta renovación:
«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios; (...) en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8, 19-22)[22].
En resumen, la resurrección es experimentada y comprendida por la Iglesia apostólica no sólo como la glorificación de Cristo; no sólo como la convocación de la comunidad mesiánica; no sólo como el unir en uno los dos troncos de la historia de la humanidad; no sólo como el renovar desde dentro a cada hombre, dándole la medida plena de la libertad y de la unidad en el Espíritu; sino también como inicio de la transfiguración gloriosa. En Cristo resucitado es glorificado un fragmento de corporeidad, de historia, de cosmos, y esto, en la esperanza de la Iglesia primitiva, es el signo y el inicio de lo que es el destino de toda la humanidad y de todo el cosmos. Si -como dice Pablo- es verdad que la comunidad es el cuerpo de Cristo, todo el cosmos está llamado a convertirse en el gran cuerpo de la humanidad resucitado en Cristo resucitado.
[1] Para hacer más explícito el significado de la resurrección conviene hacer referencia a los diversos «lenguajes» con los que este evento se expresa en el testimonio del NT. Se trata del lenguaje del «levantamiento» y del «despertar» de la muerte (cf. Hch 2,24; Lc 24,34); del lenguaje de la «exaltación» y del «ser levantado» (Hch 5, 31; Flp 2, 9; Jn 12, 32); el de la «vivificación» (Rm 14, 9; 2Co 13, 4; 1P 3, 18; Hb 7,25) y el de la «glorificación» (Hch 3,13; 1Co 15, 42-43; Jn 17,1)... La pluralidad de lenguajes subraya la riqueza de significado de un acontecimiento que supera la experiencia hecha por el hombre, y la dificultad para expresar el novum escatológico de este mismo evento. No se trata de un simple retorno de Jesús a su vida anterior, sino del acontecimiento de la resurrección esperado por Israel para el final de los tiempos, de la entronización de Jesús como Mesías e Hijo del Hombre escatológico, de su participación plena en la Vida definitiva de Dios mediante la fuerza del Espíritu... Hablando aquí de «significado» de la resurrección, intentamos explicitar orgánicamente algunas de las dimensiones fundamentales de este acontecimiento.
[2] Así, por ejemplo, en el discurso de Pedro el día de Pentecostés: “Israelitas, escuchad estas palabras. A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por manos de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hch 2, 22-24). Además de los textos contenidos en los discursos de los Hechos (cf. nota l), la resurrección es atribuida a Dios Padre en otros numerosos pasajes del W (1 Ts 1, 10; 1 Co 6,14; 15,15; 2 Co 4, 14; Ga 1,1; Rm 4, 24; 10, 9; 1 P 1, 21). La misma convicción de fe se expresa donde se describe la resurrección como entronización de Jesús como rey por parte de Jhwh, como el evento de su «generación» para ser Hijo del Padre: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy» (cf. Hch 13, 33; Rm 1, 4; Hb 1, 5; 5, 5), con referencias al Sal 2, 7.
También la expresión «el tercer día», que encontramos en las fórmulas de 1 Co 15 y en otros numerosos textos concernientes a la pasión, muerte y resurrección de Jesús, no tiene un valor cronológico, sino teológico, en referencia a la acción del Padre respecto a su Cristo. Ya en el lenguaje rabínico se solía afirmar: «el Santo, Bendito sea, no deja jamás al justo en la desgracia más de tres días». Igual una expresión análoga del profeta Oseas refiriéndose al pueblo de Israel: -dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir y en su presencia viviremos» (6, 2). Por tanto, decir que Jesús ha resucitado al tercer día significa que Él ha experimentado realmente su muerte (según la cultura de aquel tiempo la corrupción comienza después de tres días), pero al mismo tiempo, que Jhwh ha intervenido escatológicamente según la promesa para confirmar la obra de su enviado y darle la plenitud de vida en comunión con Él y el señorío sobre la historia.
[3] «Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11).
[4] «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4).
[5] Así expresa este evento el discurso de Pedro el día de Pentecostés: -A este Jesús Dios le resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís» (Hch 2, 32-33). Sobre la relación entre el Espíritu y el evento total de Jesús cf. cuanto diremos en el próximo capítulo.
[6] Así concluye el discurso de Pedro: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).
[7] Cf. por ejemplo, las siguientes y antiguas fórmulas de fe recogidas en el NT: «Porque si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9); «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Co 11,26); «Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 1 l).
[8] Examinamos únicamente los textos más significativos, pero conviene tener en cuenta que, en el fondo, todo el Nuevo Testamento está impregnado de la luz de la fe en Cristo resucitado, vivo y operante en la vida de la Iglesia y en la historia de la humanidad.
[9] Cf., como una muestra, el bello texto de Ezequiel- « Concluiré con ellos una alianza de paz, que será para ellos una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy Jahveh, que santifico a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre» (Ez 37, 26- 28).
[10] Según la conocida profecía mesiánica de ls 7,14: «El Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel».
[11] Cf. en particular, 1 Co 12, 12; Rm 12, 4-5. Para profundizar: G. ROSSÉ, Voi siete corpo di Cristo, Cittá Nuova, Roma 1986.
[12] La distinción entre Cristo y la comunidad, que permanece y es la expresión de su plena unidad, es afirmada tanto en Pablo como sobre todo en la tradición joánica (Apocalipsis) a través de la imagen de la Iglesia como Esposa de Cristo, que retoma el conocido tema veterotestamentario. Los dos -según la expresión del Génesis- son ya uno (Eva sacada de la costilla de Adán) y por esto son llamados, a través del don recíproco, a convertirse en «una sola carne». Cf., especialmente, Ef 5, 22-23; Ap 19, 7-8; 21, 1-3; 22, 17).
[13] Según lo preanunciado en Jn 12, 32: «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí».
[14] Cf. Jn 20, 26-29
[15] cf. cap IV
[16] «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2, 1-4).
[17] Babel es el lugar en el que Dios, para castigar la soberbia colectiva de la humanidad, confunde la lengua de los pueblos y los dispersa sobre la faz de la tierra (Gn 11, 1-9). El día de Pentecostés, en Jerusalén, el don del Espíritu Santo provoca que gente de lenguas diversas comprenda el mensaje de los apóstoles: símbolo y anticipo de su misión universal dirigida a reconducir a la unidad a todos los hombres.
[18] Pentecostés (celebrada 50 días después de la Pascua) en su origen era la fiesta de la siega (Ex 23, 14); sucesivamente se convirtió también en la fiesta de la renovación de la Alianza (2 Cro 15,10-13): por esto Lucas describe el Pentecostés cristiano con una escena que remite al don de la Ley en el Sinaí.
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Romen escribió esta anotación hace 1 año. En ella habla sobre Cristología y Resurrección.
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